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Cierta madrugada. el joven Jacinto regresaba a su choza, cansado de tanta búsqueda inútil, cuando tuvo por vez primera una visión. Escuchó que alguien le llamaba, atisbando en la oscuridad, descubrió a dos niños pequeños, vestidos con traje de labor para el campo, quienes sonriendo con malicia le dijeron:
- Hey Jacinto, Jacinto, ¿tienes un cigarrito?.
- ¿ Y quienes son ustedes ?, no me parecen del pueblo. – contestó
- ¿ Y quienes son ustedes ?, no me parecen del pueblo. – contestó mientras trataba de identificar a los pequeños visitantes.
- Somos los enviados de los señores del monte y te traemos un mensaje-
- Un mensaje, ¿ que tipo de mensaje ?
- Primero, danos el cigarrito
Jacinto accedió, acudiendo a su ofrenda, donde guardaba varios, fabricados de tabaco y maíz, que su maestro le recomendaba para halagar a los señores del monte.
- Queremos decirte adonde está la chán chu´pal -. Dijo uno de los dos visitantes, en tanto aspiraba con placer el humo del chimal.
- Pero si llevamos horas buscándola, ya sé ¡ ustedes se la llevaron!.
- En el camino para Akanceh, la encuentras, junto a la cueva del Balam – le dijeron, unos segundos antes de saltar por la albarrada y desparecer en la espesura del monte.
Sin perder mas tiempo, Jacinto avisó a los padres de la niña, armaron una batida y caminaron hacia la cueva del Balam. Ahí en las fauces del viejo jaguar de piedra, la hallaron sana y salva.
Este episodio aceleró la iniciación del nuevo H´Men, pero, para ello, todavía debía responder a varios desafíos. Ya desde los antiguos maestros, se consideraba el sacrificio de la sangre, un requisito necesario a realizar por todo aquel quien aspirara a ser un Halach Uinic, es decir "gran hombre" o si lo prefieren, "hombre íntegro". El aspirante debía ofrendar su la sangre de su cuerpo, mediante las espinas puts de pez y las puntas de las ramas de henequén. Para superar esta prueba, recibía 9 piquetes para llenar 13 pequeños luch ó jícaras, con su propia sangre.
Don Feliciano, quien lo presentaba a las esencias, se encargó después de untarle el líquido vital, envolviéndolo con una tela de tuzor blanca en forma semejante a las momias, santiguándolo en cada vuelta, antes de sufrier el momento de la muerte y su renacimiento como curandero.
Pasada la prueba de la sangre, Jacinto fue llevado por su maestro, hasta un viejo cerro muy venerado, desde tiempos de los abuelitos de sus abuelitos. Antes de tan esperado momento, debió ayunar durante nueve días con sus noches. El primer día de luna salieron muy temprano, para caminar entre el monte, hacia el cerro sagrado, donde se encontraban los restos de un antiguo templo ceremonial maya.
Al atardecer, Don Feliciano y maestro Escamilla lo dejaron sólo en la boca derruida de una serpiente, que guardaba el acceso, antes de alzarse para dar paso a una escalera de piedra, ya casi desaparecida entre el tiempo, la tierra y los árboles
La madrugada ya había caído, cuando la mortecina luz de las estrellas le permitieron observar como en silencio, descendíeron del Mul, como llaman los mayas a estos cerros, tres hermosas mujeres vestidas de blanco. La mas bella y a la vez mayor, llevaba en sus manos un ramo del árbol habín. La segunda mujer, mas joven y blanca, era portadora de la hierba sagrada del sipche, en tanto la mas pequeña, casi una niña de trenzas, llevaba en sus manos un pequeño cristal, tan brillante como la luz de los astros.
Ellas, como eran las sacerdotisas de los dueños del monte, debían reconocer al aspirante para dictaminar si sería digno de representarlos en la tierra. Si las tres deidades descendían felices, bromistas e incluso se insinuaban al aprendiz, el mensaje resultará un fracaso. Pero si a cambio, se mostraban sobrias y ceremoniales, cual corresponde a su posición por ser dignas sacerdotisas; entonces, el nuevo curandero era aceptado y como premio recibiría el Sastún.
El nombre Sastún, puede traducirse al español como piedra de luz y no es notorio por ser algo material, suele presentarse en un cristal de cuarzo, una canica ó incluso en la tapa de un frasco de perfume. Lo importante resulta la visión del sacerdote, quien a veces ayudado por una vela, puede percibir desde las sombras el destino, la enfermedad y hasta la posible cura del consultante.
- Jacinto, has de saber que venimos de un lugar en el cielo, pero hoy ya nadie cree en nosotros, somos brujas y fantasmas y ahora nos tienen mucho miedo - dijo la mayor, entregándole el ramo de Habin. para que efectuara las limpias.
- Si, quizás tu serás de los últimos que nos recuerden, por eso te daremos nuestra palabra, hónrala Jacinto. - dijo la mas blanca de las tres, en tanto le entregaba el ramo del sipché, para la curación.
- Toma, este es el cristal para tu visión, cuídalo hasta el final de tus tiempos, cuando deberás entregarlo a un sucesor. – le ordenó la tercera, en tanto depositaba en sus manos la piedra de luz sastún.
Fue así como nació el nuevo H´Men, tal vez uno de los últimos, pero era muy joven aún y ya recibía la herencia ancestral de la magia maya, además de poseer el permiso para invocar a las antiguas esencias del Mayab, quienes viven al otro lado del monte.
Su primera ceremonia la celebró en en el poblado de Tikopó, ahí puso de manifiesto su poder, ofreciendo e invocando a los dueños del cielo con las bebidas sagradas sakha y balché, las ramas del habin y el sipché, así como el aguardiente hulhá, acompañando al kum de la ofrenda. Ahí fue donde invocó por primera vez a las tres mujeres que lo acompañarían hasta el final de sus días, Maria Madre, dueña del cenote, Maria Rubia dueña de los cerros y María Suspiros Ik, quien le proporcionó el sastún sagrado.