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-Pido al eterno amor y la divina sabiduría solos y sus terrestres para hablar con almas que sufren porque ignoran.
"!Hermanas mías!... ¡mujeres de los países del hielo, habló para vosotras, aquí congregadas, rencillas naufragas en la vida, a quienes es el huracán deshizo sus nidos destrozando afectos, esperanzas e ilusiones!
Más joven que todas vosotras, no es de esta breve vida mía que he aprendido las lecciones sublimes del dolor, de la humillación y el abandono. Más que todas vosotras conocen y espíritu, los tormentos del mal llamado amor por esta humanidad, que aún no llega a comprender ni a sentir el amor sino interponiendo en él las más ruines bajezas, las más groseras bestialidades.
Comprendo la helada soledad de nuestro corazón que busca entre tinieblas algo a que asirse en la lobreguez de esas sombras.
Comprendo que ni aún vuestros hijos sean capaces de consolar vuestra pena pues ellos no son para vosotros más que un recuerdo de un de que fuisteis madres sin amor sólo por la obligación contraída de dar prole numerosa a quienes os llevaron consulado sólo con ese fin.
Mas no culpéis y a la Ley de la Gran Alianza vuestros dolores, si bien es ella se nos aparta de vuestros dueños porque es llegada la hora de que comprendais que no sois un rebaño de ovejas sin otro fin que la procreación.
Es llegada la hora de que comprendais que sois inteligencias, chispas de divinidad bajadas a la materia para vuestro progreso intelectual y moral, para formar parte activa del concierto magnífico de la evolución humana marchando en conjunto hacia un luminoso porvenir de paz, de amor y de dicha.
La Ley de la Gran Alianza os arranca de la humillante condición de objetos de placer para deciros: mujeres de todas las condiciones y de todas las razas levantados a la altura de vuestros nobles destinos. La soberana inteligencia creadora os llaman en vuestra hora actual hacer la compañía gemela del hombre; un alma para otra alma; un corazón para otro corazón; dos seres en un solo consorcio de comprensión, de compañerismo, de convivencia que dura tanto como esas dos vidas que se unen en el éxtasis sagrado del amor que ni aún la muerte puede interrumpir.
El hombre mismo inconsciente de las causas fundamentales de sus propios dolores os ha tomado hasta ahora como se arranca una flor cuyo perfume se aspira y se arroja después cuando se ha marchitado. Os ha estrujado como un fruto maduro para extraer en su elixir embriagador el gérmen de nuevas vidas, exigiendo en cambio una fidelidad servil y absoluta al dueño, sin que jamás si haya pensado en que vuestra alma tiene sed de amor, de ternuras, de íntimos desahogos, de suaves y secretas confidencias vaciadas de un corazón en otro corazón, el vuestro, como el que sentis latir dentro del pecho.
¿Os ha sido acaso posible nada de esto, pobres almas, olvidadas de que existis, para sólo pensar en aquella bella materia carnal que os envuelve? A esa materia le bastan baños perfumados, ricas túnicas de seda y oro, delicados manjares, licores enervantes y adormecedor, adornos de flores y de perdería. Todo esto habéis tenido en abundancia, pero no habéis saboreado ni una migajas de felicidad. ¡Vuestra alma gime y llora horriblemente aprisionada en calabozos sin luz, sin aire, sin sol!... ¡yo siento hasta ahogarme casi la pesada atmósfera de vuestro llanto contenido, de vuestro despecho, de vuestras humillaciones, de vuestras rebeliones íntimas, de vuestros deseos de venganza y hasta de vuestros impulsos hacia el crimen ante la horrenda figura espectral de una vida sin amor, de una vida de bestia mansa para quien no hay otro porvenir que la brutal satisfacción de los sentidos!.
¡Oh, mujeres... mujeres! ¡Hermosa mitad de la humanidad a quien amo intensamente en la dulce y tierna madre que me trajo a la vida!... a tantas vidas planetarias, como he debido realizar en busca de liberación y de luz, yo os digo: bendecid a la Ley de la Gran Alianza que viene a colocaros sobre el pedestal que os pertenece, aunque para ello sea necesario de vuestra parte el aceptamiento de una situación penosa hasta cierto punto, mientras llegáis a conquistar la plenitud de vuestras prerrogativas como compañeras del hombre que haya pactado con vosotras comunión de amor y de vida hasta más allá de la tumba.
¡Mujeres... nobles y bellas mujeres, hermanas gemelas de las que han sido y serán madres de mis vidas humanas!... ¡no lloréis más porque ha sonado para vosotras la hora del amor y de la libertad!... yo tengo el secreto de vuestra dicha, de vuestra paz, de vuestra liberación como espíritus ¿le queréis?
Sisedón de Trohade; Orígenes de la Civilización Adámica; Ed. El Libro del Maestro, p. 163-164