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"La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados."

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LA EVOLUCIÓN DEL GOBIERNO HUMANO/ El Libro de Urantia PDF Imprimir E-Mail
viernes, 09 de septiembre de 2005
TAN pronto el hombre resolvió parcialmente el problema de ganarse la vida, se confrontó con la tarea de regular las relaciones humanas. El desarrollo de la industria exigía ley, orden y adaptación social; la propiedad privada requería gobierno.En un mundo evolucionario, los antagonismos son naturales; la paz se consigue tan sólo mediante algún tipo de sistema regulador social. La regulación social es inseparable de la organización social; la asociación implica alguna autoridad controladora. El gobierno compele a coordinar los antagonismos de las tribus, los clanes, las familias y los individuos.

El gobierno es un desarrollo inconsciente; evoluciona mediante pruebas y errores. Tiene valor para la supervivencia; por eso se vuelve tradicional. La anarquía aumentaba la miseria; por lo tanto, poco a poco surgió, o está surgiendo, el gobierno y un sistema relativo de ley y orden. Las exigencias coercitivas de la lucha por la existencia impulsaron literalmente a la raza humana por el camino progresivo de la civilización.

1. LA GÉNESIS DE LA GUERRA

La guerra es el estado y patrimonio naturales del hombre evolutivo; la paz es el metro social que mide el progreso de la civilización. Antes de la socialización parcial de las razas en avance, el hombre era sobremanera individualista, extremadamente sospechoso, e increíblemente pendenciero. La violencia es la ley de la naturaleza; la hostilidad, la reacción automática de los hijos de la naturaleza; mientras la guerra no es sino esto mismo llevado a una expresión colectiva. Donde y cuando la estructura de la civilización se sobrecarga debido a las complicaciones del progreso de la sociedad, siempre resulta una reversión ruinosa e inmediata a estos primitivos métodos de adaptación violenta de las irritaciones de las interasociaciones humanas.

La guerra es una reacción bestial ante malentendidos e irritaciones; la paz resulta de la solución civilizada de todo problema y dificultad de esta índole. Las razas sangik, así como también los adanitas y noditas ya por entonces decadentes, fueron beligerantes. A los andonitas pronto se les enseñó la regla de oro, e incluso hoy día, sus descendientes esquimales viven ateniéndose en gran medida a aquel código; entre ellos las costumbres existen bien arraigadas y se encuentran relativamente libres de antagonismos violentos.

Andón enseñaba a sus hijos a dirimir las disputas golpeando cada quien un árbol con un palo, y al mismo tiempo, maldiciendo el árbol; el primero en romper el palo salía victorioso. Los andonitas posteriores dirimían las disputas celebrando un acto público en el cual los disputadores se escarnecían y ridiculizaban mutuamente, en tanto que el público determinaba el ganador con su aplauso.

Pero no podía existir el fenómeno de la guerra hasta tanto no evolucionara la sociedad lo suficiente como para experimentar de hecho períodos de paz y para sancionar el proceder belicoso. El concepto mismo de la guerra implica cierto grado de organización.

Con el surgimiento de las agrupaciones sociales, las irritaciones personales se fueron sumiendo en los sentimientos del grupo, lo cual fomentó la tranquilidad tribal interna, pero a costa de la paz intertribal. Así pues, la paz se disfrutó primero dentro del grupo interno, o tribu, que siempre tenía aversión y odio contra el grupo externo, los forasteros. El hombre primitivo consideraba que derramar sangre foránea era una virtud.

Mas, en un principio, ni siquiera lo susodicho dio resultado. Cuando los caciques primitivos intentaban allanar malentendidos, se veían en la necesidad a menudo de permitir los combates tribales a pedradas por lo menos una vez al año. El clan se dividía en dos grupos que libraban una batalla de sol a sol, sin otro motivo que el puro gusto de hacerlo; la verdad es que les gustaba pelear.

La guerra perdura porque el hombre es humano, evolucionó de un animal, y todos los animales son belicosos. Figuran entre las primitivas causas de guerra:

1. El hambre —que llevó a saqueos de alimentos. La escasez de tierras siempre provocó guerras, y durante estas luchas, las tribus pacíficas primitivas fueron prácticamente exterminadas.

2. La escasez de mujeres —un esfuerzo para aliviar la escasez de ayuda doméstica. El rapto de mujeres siempre ha sido motivo de guerra.

3. La vanidad —el deseo de exhibir valentía tribal. Los grupos superiores peleaban para imponer su modo de vida a los pueblos inferiores.

4. Los esclavos —la necesidad de reclutas para los sectores laborales.

5. La venganza era motivo de guerra si una tribu creía que otra tribu vecina había ocasionado la muerte de uno de los suyos. Se seguía guardando luto hasta tanto se trajera una cabeza de vuelta. La guerra de venganza fue aceptable hasta tiempos relativamente recientes.

6. El esparcimiento —los jóvenes de estos tiempos primitivos consideraban la guerra como una forma de diversión. Si no surgía ningún pretexto válido y suficiente para guerrear, y si les agobiaba la paz, las tribus cercanas acostumbraban entablar combates semicordiales, efectuando excursiones de carácter festivo a fin de disfrutar de un simulacro de batalla.

7. La religión —el deseo de hacer conversos al culto. Todas las religiones primitivas sancionaban la guerra. Apenas en los tiempos recientes comenzó la religión a desaprobar la guerra. Los sacerdocios primitivos, desafortunadamente, solían estar aliados con el poder militar. Entre las grandes gestiones pacificadoras que se han logrado a través de las edades figura el esfuerzo para separar la iglesia del estado.

Estas tribus antiguas siempre libraban guerras a instancias de sus dioses o por orden de sus caciques o curanderos. Los hebreos creían en un «Dios de las batallas»; y la narración de la invasión de los madianitas es un relato típico de la atroz crueldad de las guerras tribales antiguas; dicho asalto, en el cual se hizo una matanza de todos los varones y, posteriormente, de todos los niños varones y mujeres que no eran vírgenes, no habría sido desmerecedor de las costumbres de un cacique tribal de doscientos mil años antes. Y todo lo referido se ejecutaba en el «nombre del Señor Dios de Israel».

Ésta es la narración de la evolución de la sociedad —la resolución natural de los problemas de las razas— el hombre forjando su propio destino en la tierra. La Deidad no instiga tales atrocidades, a despecho de la tendencia del hombre de achacar la responsabilidad a sus dioses.

La compasión castrense ha tardado en llegar al género humano. Incluso cuando una mujer, Débora, regía a los hebreos, persistió la misma crueldad en gran escala.

Al vencer los gentiles su general hizo que «todo el ejército cayó a filo de espada, hasta no quedar ni uno».

Muy pronto en la historia de la raza, se utilizaron armas envenenadas. Se practicó toda clase de mutilaciones. Saúl no vaciló en exigir de David cien prepucios filisteos como dote de su hija Mical.

Las guerras primitivas se peleaban entre las tribus completas; pero en épocas posteriores, al trabar una disputa dos individuos de tribus diferentes, en vez de que lucharan las dos tribus, los dos disputadores se batían en duelo. También llegó a ser costumbre que dos ejércitos se lo jugaran todo según el resultado de una contienda entre representantes seleccionados de cada lado, tal como fue el caso de David y Goliat.

El primer refinamiento de la guerra fue la toma de prisioneros. A continuación, se eximió a las mujeres de las hostilidades, y luego vino el reconocimiento de los no combatientes. No tardaron en desarrollarse castas castrenses y ejércitos permanentes para mantenerse a tono con la creciente complejidad del combate. Pronto se les prohibió a estos guerreros asociarse con mujeres, y hace mucho tiempo que las mujeres cesaron de luchar, si bien vienen alimentando y cuidando a los soldados e instándoles a batallar.

La práctica de declarar la guerra representó gran progreso. Estas declaraciones de una intención de guerrear simbolizaron la llegada de un sentido de justicia, seguido por el desarrollo gradual de los reglamentos de la guerra «civilizada». Muy pronto se hizo costumbre no combatir cerca de sitios religiosos y, aún más adelante, no combatir en ciertos días sagrados. Luego vino el reconocimiento general del derecho de asilo; los fugitivos políticos recibieron protección.

De este modo evolucionó paulatinamente la guerra, de la caza primitiva al hombre hasta el sistema un tanto más ordenado de las naciones «civilizadas» de épocas posteriores. Pero una actitud social cordial tarda mucho tiempo en desplazar la actitud hostil.

2. EL VALOR SOCIAL DE LA GUERRA

En épocas pasadas una guerra enconada instituía cambios sociales y facilitaba la adopción de nuevas ideas, cosa que no se hubiera producido en forma natural en diez mil años. El precio terrible que hubo que pagar por estas ciertas ventajas traídas por las guerras, fue que la sociedad fue arrojada temporalmente de vuelta al salvajismo; la razón civilizada tuvo que abdicar. La guerra es potente medicina, muy costosa y peligrosísima; aunque sirve a menudo para curar ciertos males sociales, algunas veces mata al paciente: destruye la sociedad.

La necesidad constante de la defensa nacional produce muchas adaptaciones sociales nuevas y avanzadas. La sociedad, hoy por día, goza del beneficio de numerosas innovaciones útiles que, originalmente, eran totalmente militares, e incluso le debe a la guerra la danza, cuya forma primitiva fue un ejercicio militar.

La guerra ha tenido valor social para las civilizaciones pasadas por cuanto:

1. Imponía disciplina, exigía cooperación.

2. Premiaba la entereza y la valentía.

3. Fomentaba y solidificaba el nacionalismo.

4. Destruía los pueblos débiles y no aptos.

5. Disolvía la ilusión de la igualdad primitiva y estratificaba selectivamente la sociedad.

La guerra ha tenido cierto valor selectivo y evolutivo pero, como la esclavitud, debe abandonarse en algún momento a medida que avanza poco a poco la sociedad. Las guerras antiguas promovieron los viajes y los intercambios culturales; ahora sirven mejor para estos fines los métodos modernos de transporte y comunicación. Las guerras antiguas fortalecieron las naciones, pero las luchas modernas trastornan la cultura civilizada. La guerra antigua resultó en el diezmar de las gentes inferiores; el resultado neto del conflicto moderno es la destrucción selectiva de las mejores cepas humanas. Las guerras primitivas promovieron la organización y la eficiencia, pero ahora éstas han llegado a ser el objetivo de la industria moderna. En edades pasadas la guerra fue un fermento social que impulsó la civilización hacia adelante; dicho resultado hoy día se logra mejor mediante la ambición y la invención. La guerra antigua respaldaba el concepto de un Dios de las batallas, pero al hombre moderno se le ha dicho que Dios es amor. La guerra ha servido para muchos objetivos valiosos en el pasado, ha sido un andamiaje indispensable en la edificación de la civilización, pero va quedando en la bancarrota cultural a paso acelerado —incapaz de producir dividendos de beneficio social de alguna forma proporcionales a las cuantiosas pérdidas que resultan de su invocación.

En épocas pasadas los médicos creían en la sangría como cura de muchas enfermedades; pero posteriormente descubrieron mejores remedios para la mayoría de estas dolencias. De igual manera, el derramamiento de sangre internacional de la guerra, indudablemente, ha de ceder el paso al descubrimiento de mejores métodos de curar los males de las naciones.

Las naciones de Urantia ya han entablado la gigantesca lucha entre el militarismo nacionalista y el industrialismo, y en muchos aspectos, este conflicto es análogo a la lucha secular entre el pastor-cazador y el labriego. Pero si el industrialismo ha de triunfar sobre el militarismo, tiene que evitar los peligros que lo acechan. Los peligros de la industria incipiente en Urantia son:

1. La fuerte tendencia al materialismo, la ceguera espiritual.

2. El culto al poder de las riquezas, la deformación de los valores.

3. Los vicios del lujo, la inmadurez cultural.

4. Los cada vez mayores peligros de la indolencia, la insensibilidad al servicio.

5. El desarrollo de una indeseable debilidad racial, el deterioro biológico.

6. La amenaza de la esclavitud industrial generalizada, el estancamiento de la personalidad. El trabajo ennoblece pero la monotonía entorpece.

El militarismo es autocrático y cruel —salvaje. Promueve la organización social entre los conquistadores pero desintegra a los vencidos. El industrialismo es más civilizado y debe llevarse a efecto de tal modo que promueva la iniciativa y fomente el individualismo. La sociedad debe, en todo lo posible, fomentar la originalidad.

No cometáis el error de glorificar la guerra; más bien, discernid lo que ha beneficiado a la sociedad a fin de poder visualizar con más precisión lo que las alternativas deben ofrecer para continuar el progreso de la civilización. Y si no se ofrecen tales alternativas adecuadas, entonces no dudéis que las guerras continuarán durante mucho más tiempo.

El hombre nunca aceptará la paz como modo normal de vida hasta tanto no se haya convencido cabal y reiteradamente de que la paz le conviene más para su bienestar material, y hasta que la sociedad, juiciosamente, no haya ofrecido alternativas pacíficas para la satisfacción de aquella tendencia inherente a descargar periódicamente el impulso colectivo que sirve para liberar aquellas emociones y energías, que se acumulan constantemente, y que pertenecen a las reacciones de la autopreservación de la especie humana.

Pero aunque sea de paso, se le debe rendir honores a la guerra en su calidad de escuela de experiencia, que constriñó a una raza de arrogantes individualistas a someterse a una autoridad sobremanera concentrada —a un ejecutivo supremo. La guerra a la antigua seleccionaba para el liderazco a hombres de grandeza innata; la guerra moderna, sin embargo, ya no hace otro tanto. Para descubrir a sus líderes, la sociedad actual debe recurrir a las conquistas de la paz: la industria, la ciencia y el logro social.

3. LAS ASOCIACIONES HUMANAS PRIMITIVAS

La horda lo es todo en la sociedad más primitiva; incluso los niños son su propiedad común. La familia evolutiva desplazó a la horda en lo referente a la crianza de la prole, en tanto los clanes y las tribus que iban surgiendo la reemplazaron en calidad de elemento social.

El deseo sexual y el amor materno establecen la familia. Pero el verdadero gobierno no aparece hasta tanto no se comiencen a formar los grupos de superfamilias. En los tiempos de la horda, anteriores a la familia, el liderazco fue provisto por individuos que se elegían informalmente. Los bosquimanes africanos nunca pasaron de esta etapa primitiva; no cuentan con caciques en la horda.

Las familias se unieron por lazos de consanguineidad en clanes, conjuntos de parientes; y éstos posteriormente evolucionaron para convertirse en tribus, comunidades territoriales. La guerra y la presión externa impusieron una organización tribal a los clanes de parientes, pero el comercio y el intercambio mantuvieron a estos protogrupos primitivos unidos con cierto grado de paz interna.

Las organizaciones comerciales internacionales promoverán la paz en Urantia mucho más que todas las argucias sensibleras de la visionaria formulación de planes para la paz. El desarrollo del lenguaje y los métodos mejorados de la comunicación, así como el mejor transporte, han facilitado las relaciones comerciales.

La ausencia de un lenguaje común siempre ha impedido el desarrollo de los grupos pacíficos, pero el dinero se ha convertido en el lenguaje universal del comercio moderno. La sociedad moderna se mantiene unida principalmente mediante el mercado industrial. El aliciente de las utilidades es un poderoso civilizador cuando se combina con el deseo de servir.

En las edades primitivas cada tribu estaba rodeada de círculos concéntricos de miedo y recelo más y más intensos; por tanto, llegó a ser costumbre matar a todos los extraños, y más adelante, esclavizarlos. El viejo concepto de la amistad significaba la admisión al clan; y se creía que la afiliación al clan sobrevivía a la muerte —uno de los conceptos más primitivos de la vida eterna.

La ceremonia de adopción consistía en beberse la sangre uno de otro. En algunos grupos se intercambiaba saliva en vez de beberse la sangre, siendo éste el origen antiguo de la usanza social del besar. Toda ceremonia de asociación, fuera boda o adopción, acababa siempre en festejos.

Posteriormente, se usó la sangre diluida con el vino tinto, y a la larga, se bebió el vino solo a fin de sellar la ceremonia de adopción, que se simbolizaba con chocarse las dos copas de vino y se consumaba al pasar la bebida por la boca. Los hebreos emplearon una forma modificada de esta ceremonia de adopción. Sus antepasados árabes usaron el juramento, mientras hacían que la mano del candidato descansara sobre los órganos genitales del oriundo de la tribu. Los hebreos trataban amable y fraternalmente a los foráneos adoptivos. «El extraño que more con vosotros será como uno nacido entre vosotros, y le amaréis como a vosotros mismos».

«La cordialidad para con los huéspedes» era una relación de hospitalidad temporal. Cuando se marchaban los huéspedes, se partía en dos un plato, se le daba un pedazo al amigo que se iba a fin de que sirviera de introducción apropiada para un tercero que pudiera llegar de visita en el futuro. Se estilaba que los huéspedes pagaran por su estadía relatando cuentos acerca de sus viajes y aventuras. Los narradores de cuentos de antaño llegaron a ser tan populares que las costumbres establecidas, ulteriormente, prohibieron que funcionaran durante las temporadas de la caza o la cosecha.

Los primeros tratados de paz fueron «lazos de sangre». Los embajadores de la paz de dos tribus en guerra se reunían, se rendían honores, y luego, procedían a pincharse la piel hasta sangrar; en cuyo momento se chupaban la sangre uno de otro y declaraban la paz.

Las primeras misiones de paz consistieron en delegaciones de hombres que llevaban a sus doncellas selectas para la gratificación de sus antiguos enemigos, valiéndose del apetito sexual para combatir al impulso bélico. La tribu honrada de este modo hacía una visita para corresponder, con ofrecimiento de doncellas; en cuyo momento se establecía firmemente la paz. Al poco tiempo se sancionaban matrimonios entre las familias de los caciques.

4. LOS CLANES Y LAS TRIBUS

El primer grupo pacífico fue la familia, luego el clan, la tribu, y después, la nación, la cual llegó a ser con el tiempo el estado territorial moderno. Es muy alentador que los grupos pacíficos de hoy en día, hace mucho tiempo ya, se hayan expandido trascendiendo los lazos de la sangre para englobar naciones, a pesar de que las naciones de Urantia siguen gastando cuantiosas sumas en preparativos de guerra.

Los clanes fueron grupos consanguíneos dentro de la tribu, y su existencia se debió a ciertos intereses comunes, como por ejemplo:

1. Su origen se remontaba a un antepasado común.

2. Eran leales a un tótem religioso común.

3. Hablaban el mismo dialecto.

4. Compartían un lugar de residencia común.

5. Temían a los mismos enemigos.

6. Tenían una experiencia castrense común.

Los caudillos del clan siempre estaban subordinados al cacique de la tribu, siendo los protogobiernos tribales una confederación de clanes sin cohesión. Los aborígenes australianos nunca desarrollaron una forma tribal de gobierno.

Los caciques de paz del clan solían llegar a regir por la línea materna; la línea paterna establecía a los caciques de guerra de la tribu. Las cortes de los caciques tribales y reyes primitivos consistían en las cabezas de los clanes, a quienes se acostumbraba invitar ante la presencia del rey varias veces al año; ésto le permitía vigilarlos y granjearse mejor su cooperación. Los clanes desempeñaban un servicio valioso en el autogobierno local, pero retrasaron considerablemente el desarrollo de naciones grandes y fuertes.

Fuente: El Libro de Urantia
Carlos Adrian Gomez Burgara

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