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Llamado del Colibrí PDF Imprimir E-Mail
sábado, 01 de octubre de 2005
El “Llamado del Colibrí” reúne en el altiplano brasileño a los movimientos acuarianos de Iberoamérica.
La Aldea de Paz es el espacio donde se reúnen diferentes “tribus”, diferentes redes afines e integradas con una misma voluntad de cambio, tanto personal como colectivo. Un colibrí entusiasta y pregonero invitaba a esta “aldea fuera del tiempo” desde la región central de Brasil.
Esta vez la lona era ancha, inmensa y cobijaba credos y culturas bien diferentes. Calor intenso, lluvia a mares, virus insaciables… no pudieron con un millar de hombres y mujeres de todas las razas, conjurados a levantar una civilización definitivamente diferente. Cuando los astronautas toman altura en sus vuelos espaciales observan una zona de especial luminosidad, debido a que en su subsuelo se encuentra la mayor placa de cristal cuarzo de todo el planeta. En ese privilegiado enclave, en la región de Alto Paraíso, Estado de Goiás, entre el pasado 17 y el 29 del Septiembre, se levantaron nuestras tiendas, se cruzaron nuestras esperanzas.

El colibrí lanzó su llamado concretamente desde la ecoaldea de “Flor de Ouro”, Municipio de Alto Paraíso, no lejos de la capital Brasilia, junto al Parque Nacional de “Chapada dos Veadeiros”.

El gran evento trasnacional y transdisciplinar concitó alrededor de mil personas del más variado origen cultural. Era la continuidad del “Llamado del Cóndor”, un encuentro de similares características celebrado en Septiembre del 2003 en Cuzco, en los Andes peruanos. Se trataba de alcanzar entre todos unas visiones, unos propósitos y conceptos válidos para después implementarlos en cada país y “biorregión” (región natural) de forma autónoma. Una Aldea de Paz como el “Llamado del Colibrí o Besa-flor” es un espacio neutro de convivencia, donde todos los participantes tienen la misma potestad, los mismos derechos y responsabilidades, donde las inspiraciones, las “propuestas de reconstrucción planetaria” y “herramientas de crecimiento” se comparten.

Todo se decide en círculo, el punto principal de conexión entre las redes. La “Aldea de Paz” trata de fomentar la conciencia de ciudadanía universal y supone un excelente banco de pruebas de una nueva convivencia humana, laboratorio donde se gesta una democracia directa, un nuevo mundo.

La instalación del campamento con todos sus servicios en una inmensa explanada junto a la mencionada ecoaldea, había comenzado tres meses antes de la cita. Voluntarios de diversos países habían acudido a un llamado previo para preparar el terreno.

El 17 de Septiembre había ya una infraestructura elemental lista para recibir el aluvión de campistas. “La Tierra llama a sus hijos” rezaba la convocatoria y sus hijos acudieron. Se acercaron de todos los continentes y de más de treinta naciones. Además de la mayoría del país, con gentes venidas tanto de las grandes ciudades como de la enorme red de comunidades y ecoaldeas brasileñas, había nutrida representación argentina, chilena y mejicana. De nuestra península alrededor de medio centenar de personas quisimos estar presentes en esa cita única.

Lona, madera y metal

La singular “Aldea de Paz” estaba formada por cientos de pequeña “carpas”, tiendas de campaña, plantadas con esfuerzo en una tierra dura y polvorienta. La Aldea holística, contaba con sus catedrales de lona, grandes carpas en medio de la inmensa explanada, que junto con las escasas palmeras regalaban las únicas y exiguas sombras en medio de una calor abrasador. Estas carpas habían sido levantadas por los diferentes movimientos implicados y puestas a la disposición del evento.

La geografía de tela y madera se conjugaba con la de metal. Entre la abundancia de tiendas “iglús”, destacaban en altura y color los grandes espacios desmontables como la “Geodésica de las artes” y la “Tienda galáctica”, así como los camiones y autobuses de metal multicolor, pertenecientes a las dos caravanas que habían confluido en el evento: “Arco Iris por la Paz” y “Ahimsa”. Ambos movimientos fueron los organizadores más activos del evento.

Los servicios se habían levantado siguiendo escrupulosamente pautas de bioconstrucción: duchas, sanitarios secos, lavandería… Había también espacios de recepción, salud, cabañas de sudación…Para las familias con niños se preparó un campamento especial por nombre “Flor das abejinhas”.

Destacaba por su alegre color el edifico de la cocina, de forma circular y construido con adobe. Las mujeres volcaron también toda su creatividad en un original y reducido campamento junto al río. Allí se retiraban para sus reuniones exclusivas, así como para obtener un ambiente de reposo y procurar asistencia en sus “lunas” o menstruaciones. Junto al bosque se habilitó un espacio especial construido con cañas, madera y barro para los indígenas presentes en el evento. Llamaban la atención por otro lado, los sencillos y originales altares que levantaron algunas de las comunidades allí presentes. Se distribuyeron también por el campamento cocinas tradicionales de barro para quienes desearan prepararse su propia comida.

Algunos “tipis” daban a esa geografía neo-hippie su impronta nativa. La bandera universal por la paz de Nicolas Roerich, en la que aparecen las tres esferas que simbolizan la unión de arte, ciencia y espiritualidad, era la enseña que se prodigaba por doquier. También se dejaban ver abundantes banderas arcoiris, simbolizando la unión en la diversidad. En menor medida asomaban los diferentes símbolos nacionales.

Entre la lluvia y el sol

Es difícil describir un día tipo en el campamento, pues cada uno de ellos estaba cargado de una intensidad particular, con innumerables actividades en diferentes lugares y a cualquier hora del día.

La jornada comenzaba en realidad antes de rayar el alba, cuando una noche sí y la otra también, el cielo descargaba toda su agua sobre una tierra aún durmiente. Los sueños se quebraban y el descanso se acortaba con el estruendo. Era el comienzo de la época de lluvias que se manifestaba sobre todo en esas horas. Los cientos de pequeñas e indefensas tiendas eran presas de una lluvia torrencial, impenitente. Pero las numerosas tormentas tropicales no consiguieron doblegar la moral del millar de acampados.

El fuerte sol matutino no tardaba en calentar. Se ocupaba puntualmente de secar tiendas y sacos, de levantar todos los espíritus. Al poco de salir el inmenso disco rojo, sus rayos castigaban sin clemencia el campamento. Un fino vapor ascendía de la tierra roja para cuando se anunciaba la diana.

El chapuzón en el río o la ducha en los “chubeiros” (duchas), distribuidos por los diferentes “barrios” de acampada, predisponían a una jornada agotadora. El desayuno de por libre o la ausencia del mismo, estiraba la mañana al máximo. Los círculos de tai-chi, yoga y demás gimnasias se distribuían por las grandes carpas. Se trataba de sintonizarse a la mañana “para después poder alcanzar una visión colectiva”.

A continuación la plenaria era el lugar donde se tomaban todos los acuerdos importantes para el funcionamiento autogestionado de la Aldea de Paz. Ello evidentemente no era fácil. La enorme diversidad de orígenes espirituales, sociales, culturales…, ponía bien alto el listón de los acuerdos. A lo largo del encuentro convivieron de forma armónica desde tribus urbanas de origen “rastafari”, hasta los más espiritualistas de agrupaciones metafísicas, de redes espirituales, o del creciente movimiento de “Deksha”, (canalización de energía superior hacia los cuerpos físicos), pasando por el más exigente puritanismo neorrural de las numerosas gentes de ecoaldeas o seguidores de la permacultura.

De la protesta a la propuesta

Los encuentros se la “jugaban” en la plenaria diaria. Esta aspiraba a ser el más definido espacio de ensayo del nuevo mundo. En boca de la organización, se trataba “de descubrir y potencializar entre todos las llaves necesarias para el cambio global de paradigmas, articulando en red saberes y procederes actuales y ancestrales”.

Dada la escasa participación anglosajona, la gran mayoría de las intervenciones se sucedían en portugués y español, aunque muchos de los asistentes se manifestaron perfectos dominadores del “portuñol”, una suerte de original mezcla de nuestros dos idiomas.

Sólo un eficaz y profesional equipo de especialistas en la técnica de “facilitación y toma de decisiones por consenso” posibilitó el desarrollo de estas importantes asambleas. Ellos se encargaban de poner orden en los temas, restar emocionalidad en las intervenciones, focalizar el debate hacia la obtención de acuerdos… En ese reducido grupo internacional de genios en la conducción de grandes y difíciles debates, jugó un papel importante el español Ulyses, a la sazón fundador de la Red Ibérica de Ecoaldeas.

Era sin duda en la plenaria matutina donde mejor se evidenciaba los aciertos y errores de ese “fractal” (pequeña parte representativa del todo) del nuevo mundo. Para fomentar la idea grupal, el gran consejo estaba regido por la pauta de “si planteas un problema, planteas una solución”, ello impedía la inhibición de responsabilidades. En palabras de los organizadores era preciso “pasar de la protesta a la propuesta, del sueño a la materialización, de la visión a la acción, del foro de discusión a la realización de nuestra visión colectiva”.

Menú para todos

En medio de las intervenciones , unas calmas y sosegadas, otras más encendidas, una palabra flotaba con insistencia en la asamblea multinacional: ¡voluntarios! La escasa infraestructura demandaba constantemente atención y extensión, pero el fuerte sol y los estragos de la diarrea, no facilitaban el “alistamiento”.

La plenaria era seguida de los consejos de visiones, es decir reuniones ordenadas por temas en las cuales se aunaban visiones y se adoptaban acuerdos. Los consejos más populares fueron los de espiritualidad, espiritualidad femenina, medio ambiente, ecoaldeas, permacultura, arte y sanación. Tras ello venía la comida. Las enormes colas de espera se hacían llevaderas, sabedores de que al término de las mismas nos aguardaba un delicioso menú, confeccionado por la comunidad Hare Krishna, presente en el evento. Exóticos alimentos eran preparados siempre a ritmo de “mantras” y en enormes cocinas de leña.

Unas tardes bien pequeñas apenas daban opción para otro espacio de actividades. Nuevos consejos y círculos con propuestas ya libres se distribuían por todo el campamento. Había para todos los gustos: meditaciones variadas, danzas universales de paz, técnicas de bioconstrucción, hierbas medicinales, cocina vegetariana, audiovisuales, juegos grupales de movimiento…

Al margen de pautas organizativas, cualquiera de las sombras, por lo demás bien preciadas, eran un espacio para alarde de tambores, concierto de flautas, ensayo de malabares, danza libre, o espontáneo y animado canto. Tuvo también mucho éxito el improvisado taller de pinturas en la piel. A partir de semillas, tubérculos y cenizas se confeccionaban unos rústicas ungüentos que adornaron los cuerpos, sobre todo en los momentos previos a las ceremonias.

El sol se acostaba tras las pequeñas montañas que rodeaban el valle y las altas llamas de la madera roja de eucalipto comenzaban a crepitar en el centro ceremonial del campamento. Arrancaba el momento más sagrado del día. A diferencia del plenario de la mañana, ese gran círculo vespertino funcionaba con “bastón sagrado de palabra” y en él ya no se permitía ninguna intervención confrontadora. Todo el verbo allí vertido debía tener una finalidad enaltecedora, unificadora.
Es difícil olvidar tan sublime silencio, la meditación, el canto aunado de tantas naciones ante unas llamas soberbias. Es difícil olvidar aquellas palabras serenas y encendidas a un mismo tiempo de los líderes de las “tribus” espirituales allí reunidas. Tantos augurios y profecías desembocaban en esos instantes sagrados. El bosque acunaba con sus mil y un sonidos de fondo aquel círculo anunciado en el albor de nuestra historia, aquellos instantes únicos.

En alguna rama, en medio de la “foresta” envolvente, el colibrí debía cantar, feliz de haber podido reunir en torno a las llamas a la gran familia humana.

Oportunidad histórica.

El fuego, rodeado de pechos enhiestos, desnudos, remontaba súbitamente en altura, se engrandecía en todo su fulgor al arrojarle las ramas secas de las palmeras. Un poderoso “OM” aupado por las voces de más de treinta naciones diferentes inundaba el valle de Moinho. El “Llamado de Beija Flor (Colibrí)” había resonado a través de multitud de canales alternativos y espirituales de uno y otro lado del Atlántico y las diversas “tribus” y comunidades espirituales arrullaban ya unas mismas, inmensas, anheladas llamas.

El soriano Pablo Bedmar máximo responsable en la programación de los actos, nos lo había confesado entre bocado y bocado de sabrosa sandía: “Llevábamos tiempo buscando esta oportunidad de articulación. Estamos viviendo una ocasión histórica, la mayor que hasta el presente hemos gozado de unificar nuestras visiones”.

“Uno no tiene el alcance de lo que siembra” nos había compartido, en similares términos, Alberto Ruz, líder de la Caravana Arcoiris y uno de los responsables del encuentro, a la vera de otra pequeña hoguera, una de tantas que brotaban en el inmenso campamento al callar un sol ardiente. La cosecha estaba allí, en ese otro gran fuego inaugural del Encuentro. La cosecha eran esos cantos que ascendían junto al humo y que entonaban tantas naciones, tantas razas, tantos movimientos y colores diferentes. La cosecha estaba allí, ante nosotros, en forma de testimonio de que en medio de condiciones físicas difíciles, los hombres y mujeres pueden vivir, no sólo en paz , sino también en alegría, en mutuo y constante compartir.

Arte, Ecología y Espiritualidad.

El colibrí, el “beija flor” o “besa-flor en castellano” es el pájaro que se alimenta de diferentes flores y reúne diferentes perfumes. “El Llamado del Colibrí” era también la convocatoria para el mutuo enriquecimiento, para la unión de las diferentes disciplinas, de los diferentes nuevos paradigmas.

Arte, Ecología y Espiritualidad latieron en sintonía durante los doce días de acampada. Toda la vida de la Aldea estaba impregnada de un sentido de belleza exquisita evidenciada primero en el marco exuberante de la naturaleza y después reflejada en multitud de detalles cotidianos. Los árboles, las pieles, las rocas se vestían de colores y era difícil ver espacios desnudos de esa nueva vitalidad y creatividad que animaba el evento.

La espiritualidad se manifestaba también en sus más variados registros. Espontáneos rituales de hombres y mujeres cantando y danzando desnudos a ritmo de intenso tambor, bajo una noche de aguaceros, precedían a mañanas alboreadas a ritmo de elevadas y místicas melodías.

La ecología ni siquiera se mentaba pues todo era una constante reinventar, reutilizar, recrear… para no tirar nada, para no despreciar objeto alguno, para sumarse a la pauta universal de que todo tiene su razón de ser, de que sólo hay que ubicar la supuesta “basura” en su función precisa, encontrarle finalidad apropiada.

Utopía y realidad.

Cantaba un poderoso colibrí al otro lado de las aguas y sabíamos que debíamos estar presentes, que debíamos volar y arrimarnos a su árbol. Había que intentar una vez más aunar anhelo de eternidad con esperanza de fraternidad, conciliar filiación divina y fraternidad humana; había que estar en el encuentro de la esperanza, por ello hicimos paréntesis en nuestros quehaceres habituales.

No queríamos perder esa cita. Algo desde adentro nos empuja a estar en el epicentro donde se gestan los más elevados sueños. Algo nos impele a saltar océanos a penetrar selvas y presentarnos allí donde se gesta la nueva humanidad.
A estas alturas de nuestro caminar colectivo se hacia preciso demostrar que gentes de muy diferentes países y orígenes culturales, de diferentes razas y colores, sabíamos y podíamos vivir juntos en armonía, nutriéndonos , aprendiendo los unos de los otros.

Utopía y realidad entablaron duro duelo en un paraje de tropical belleza. Muchas utopías vencieron. Otras se quedaron a medio camino a la espera de un nuevo impulso, rendidas quizás por el calor, a la espera de nueva visión y madurez. No se materializa de repente en su óptima versión una Aldea universal de Paz. Son imprescindibles las mil y un pruebas y ensayos. En ese sentido todas las tentativas pulsadas con corazón son válidas y el “otro mundo” es más posible tras el canto del colibrí en el Valle del Moinho, en el corazón de Brasil.

“Corazón cristal del planeta”.

El colibrí alegre y acuariano no anidó por casualidad en tan singular región. Alto Paraíso es para Brasil lo que Capilla del Monte para Argentina o Glastonbury para Inglaterra…, verdadero polo aglutinante de gentes movidas por un anhelo de búsqueda y crecimiento. Es curioso observar la gran cantidad de establecimientos “especializados” que se levantan a uno y otro lado de su principal avenida. Posadas ecológicas, teterías de originales brebajes y bizcochos, consultas astrológicas, aulas de desarrollo personal, restaurantes vegetarianos, agencias de exóticos viajes, herbolarias… conforman el entramado de su floreciente economía alternativa.

Los comuneros de “la Flor de Ouro” aludían al fuerte impacto de irradiación que el entorno ejerce sobre los visitantes. Thomas, el Enlazador, la cabeza organizadora de la parte brasileña, se refería a la zona de Alto Paraíso como el “corazón cristal del planeta”, el lugar que “activa las memorias”, entorno, entre otras cosas, “distinguido por sus frecuentes avistamientos de ovnis”.

Babilónico instrumento.

No había horarios para las actividades. “¿Hora del comienzo de la plenaria en la gran carpa de la Caravana Arco Iris por la Paz? No se sabe, no contesta”.

Todo obedecía o trataba de obedecer a un “orden sincrónico”. El reloj era un objeto luciferino que muy pocos nos arriesgábamos a llevar en la muñeca. Se trataba de comenzar a sintonizarse telepáticamente en una sincronía más natural y menos artificial.

La pequeña máquina para medir las horas fue objeto de encendido debate. La inmensa mayoría de los asistentes denostaban el uso de la esfera con agujas. De hecho apenas se mencionaban horarios, con lo que, a falta de mayor ajuste telepático, ello comportaba a menudo de desorden en el comienzo y finalización de actividades. “Cuando el sol llegue a su punto álgido, cuando se meta en la montaña, nos citamos…”

Tanto para los organizadores como para buena mayoría de los participantes, el reloj constituía un instrumento “babilónico”. “Babilonia” es el nombre con el cual el “Movimiento 13 lunas” y su inspirador, el americano José Argüelles define el actual paradigma civilizacional basado en el calendario gregoriano.

Misterioso virus.

Es probable que el acerbo colectivizante hiciera de la enfermedad un aspecto nuevo a compartir. Sobre el campamento se cebó un poderoso virus capaz de instalarse y solazarse en los más variados cuerpos. La diarrea desatada afectó a cientos de personas. Buena parte del campamento hubo de pasar en su momento por el denominado “proceso”, que según la fortaleza del cuerpo adquiría mayor o menor virulencia.

Nadie, ni siquiera las autoridades sanitarias personadas al efecto, acertó con el origen de esta afección colectiva, que en algún momento llegó a tumbar a una quinta parte de los asistentes. Unos veían su origen en el agua, otros en el calor, otros en la energía poderosa del lugar, otros en las letrinas secas, pues a pesar de su sofisticación y riguroso manual de buen uso, concitaban auténticas nubes de moscas…

En la cruzada contra el virus el abanderado fue el médico maño Luis Herrero, que no se levantó de la cabecera de las decenas de enfermos que diariamente llegaban al improvisado hospital.

Koldo Aldai
Equipo de Portal Dorado
www.portaldorado.com

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