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Las Bases Metafísicas del Análisis
sábado, 17 de diciembre de 2005
El problema del destino del hombre, de la manera como él debe vivir, del
bien y del mal en sus acciones, su sufrimiento, su persecución tan difícil
de la felicidad, su estupor ante la muerte que parece arrancarle todo cuanto
él posee, todas estas interrogantes han sido justamente ligadas, durante
tanto tiempo como puedan remontarse nuestros conocimientos, a la idea que el
hombre era capaz de una evolución interior, de un desarrollo espiritual. A
todo lo largo de la historia de la humanidad se encuentran las grandes
líneas inmutables de una Metafísica tradicional cuyos principios constituyen
las bases intemporales de una ciencia de este desarrollo del hombre.
Las adquisiciones con que el psicoanálisis ha enriquecido la psicología no
se colocan al margen de la Metafísica Tradicional, porque ésta, desde el
punto de vista en el cual está situada, lo abarca todo. Y es interesante ver
cómo los hechos observados se integran en la concepción metafísica general,
porque el análisis posee la eficacia que la experiencia ha demostrado. Esta
confrontación de los hechos con las ideas de todos los tiempos es necesaria
para dirigir de manera justa el manejo de este método psicológico poderoso
cuyos efectos pueden ser, según cómo se lo aplique, tan nefastos como
saludables.
La Metafísica Tradicional enseña que el principio de la Trinidad preside la
creación continua del Universo. En todas las sabidurías antiguas se
encuentra esta concepción primordial, Los egipcios reverenciaban tres
dioses: Shu, el Aire; Tefinet, el Vacío, y Atum, que domina los dos primeros
y los concilia. En el país de Sumer, es Anu, rey del Cielo, Enlil, rey de la
Tierra, y Ea, dios supremo. En Persia, Ormuzd es el dios del Bien, Ahriman
el dios del Mal, y Mithra es el tercer gran dios. Entre los indúes, Brahma,
el Creador, es asistido por Vishnú, el Conservador de los seres, y por
Shiva, el Destructor. Pero es en el símbolo chino del Tai-Chi o «Hecho
Supremo», que se expresa más perfectamente la idea trinitaria. Allí, los dos
dioses del dualismo son representados por las dos partes, una negra y una
blanca, de un círculo al que divide una línea sinuosa; y el gran dios que
los equilibra está representado por un círculo exterior que los encierra.
La parte negra es el Yin, femenino, húmedo. frío, negativo; la parte blanca
es el Yang, masculino, seco, cálido, positivo; el círculo que los rodea es
el Tao, principio conciliador que reglamenta las relaciones alternantes de
los dos principios opuestos, del Yin y del Yang.
Todo el universo es así creado por la síntesis trinitaria: dos principios
opuestos, uno positivo, el otro negativo, situados sobre el mismo plano, y
teniendo el mismo valor, son armonizados, conciliados, arbitrados, por un
principio supremo sin el cual ellos se anularían.
Y el hombre es un microcosmos construido a la imagen del macrocosmos. La
creación de su Ser real es el producto de dos principios opuestos, positivo
y negativo, situados en el plano natural temporal, en el plano donde juegan
las «pasiones» del hombre, arbitradas por un principio superior intemporal,
espiritual. Y este principio espiritual es representado en el hombre por su
Razón divina que nosotros llamaremos también Inteligencia Independiente.
Nosotros precisaremos más adelante cómo concebimos esta Inteligencia
Independiente. Digamos solamente ahora que ella es esta posibilidad que
tiene el hombre de pensar, sin sufrir la influencia de sus pasiones, de una
manera imparcial.
La realización del hombre se efectúa por la toma de posesión de su mundo
interior. Y ella se cumple cuando el hombre, colocado sobre el plano de su
Inteligencia Independiente, ve a la vez en él los dos principios, afirmativo
y negativo, que, iguales en valor y opuestos el uno al otro, residen sobre
el plano de los fenómenos. Entonces él realiza la síntesis equilibrada de su
«Ser» total.
Este punto de vista, el único que da la visión justa, no incluye ninguna
emoción ordinaria ante la visión de tal o cual elemento en el plano
inferior. En efecto, según la Metafísica Tradicional, los dos principios,
afirmativo y negativo, constructor y destructor, se balancean exactamente al
interior del todo de un ser dado. Para el ojo que los abarca juntos, su
total es rigurosamente nulo en su plano y ellos sólo valen en tanto que
elementos de la síntesis ternaria. Se puede entonces decir que toda
observación de sí que implique una aprobación o una crítica, una alegría o
un sufrimiento, un Bien o un Mal, no está efectuada desde el punto de vista
conveniente. En efecto, toda aprobación o crítica prueba que el equilibrio
no es exacto entre los dos principios inferiores; uno es visto como
predominante sobre el otro y esto sólo puede ocurrir cuando el hombre que
los ve está situado en ese mismo plano. En tal caso es imposible una visión
rigurosamente total porque esa visión sólo puede tener por objeto las
manifestaciones de los principios inferiores y no estos principios mismos en
su unidad respectiva. La visión total de sí, visión unificante, da por
abolida toda distinción entre el Bien y el Mal, y toda persistencia de esta
distinción prueba que esta visión no ha sido obtenida. Dicho de otra manera,
toda observación de sí que incluya una emoción ordinaria de contento o de
sufrimiento no está efectuada desde el punto de vista que es el único justo.
Se ve la necesidad en que se encuentra el hombre que quiere realizar su Ser
de abandonar voluntariamente la distinción del Bien y del Mal en la que ha
vivido hasta ahora y todas las emociones que a ella están ligadas. En el
pecado original, Adán come el fruto del árbol del Bien y del Mal, es decir
que él pierde el principio conciliador de la síntesis ternaria y cae en el
dualismo donde el Ser no podría realizarse.
Se preguntará por qué, a la visión del Bien y del Mal, están ligadas
emociones de alegría y de sufrimiento. ¿Por qué el Bien aparece superior al
Mal siendo que ambos son igualmente necesarios a la síntesis trinitaria?
¿Por qué los dos principios aparecen desiguales cuando falta el principio
conciliador? Esto proviene del hecho de que existen ciertas relaciones entre
el principio superior y los principios inferiores, entre los mundos
intemporal y temporal, relaciones que se expresan en el Simbolismo. El plano
espiritual
es afirmación, construcción, y el simbolismo no puede relacionar este plano
a la vez a los dos principios inferiores opuestos, sino solamente al
principio inferior constructor, al Bien. Si el hombre prefiere
necesariamente el Bien al Mal, es porque, en la profundidad de su
conciencia, él sólo tiende hacia un único valor que es la realización de su
Ser espiritual.
El hombre debe abandonar la distinción del Bien y del Mal para realizar la
síntesis trinitaria de su Ser. Actuando así, él obtiene su liberación,
porque la esclavitud del hombre encerrado en el dualismo, no es, como muchos
lo creen, la esclavitud del Mal, sino la esclavitud de la distinción del
Bien y del Mal.
Abandonando esta distinción, el hombre debe dejar necesariamente todas las
emociones ordinarias de las cuales ella es la única causa. Hemos dicho que
este abandono debía ser voluntario. En efecto, va a producirse una lucha
porque frente a la fuerza temporal que constituye la emoción ordinaria, otra
fuerza deberá aparecer, fuerza intemporal que, en la medida en que
aparecerá, será necesariamente victoriosa a causa de su naturaleza superior
misma. Pero la emoción ordinaria desde que nace en el hombre toma por asalto
su atención y la capta siempre en una cierta medida. El fin de la lucha
interior consiste justamente en arrancar a la emoción temporal todo lo que
ella ha captado de atención, y es solamente cuando la totalidad de esta
atención ha sido arrancada que se obtiene la visión estabilizante de la
síntesis trinitaria.
La visión justa es entonces una visión sin emoción ordinaria y ella se
obtiene por la extinción de esta emoción al arrancarle, por el juego de la
Inteligencia Independiente voluntaria, la atención que había capturado.
¿Cómo comprender la realización de este anonadamiento? Para obtener la
visión trinitaria, que es una síntesis, la Inteligencia Independiente anula
la visión parcial, relativa, que la emoción quiere retener en el plano
inferior, por un análisis, es decir, por una descomposición en elementos
distintos. En efecto, la visión parcial del plano inferior, en tanto que
parcial, es necesariamente heterogénea. Los elementos que la constituyen no
tienen la conexión orgánica que sólo puede ser la consecuencia de un todo.
Visto desde el principio superior para quien sólo un todo tiene una
realidad, este conjunto heterogéneo aparece como una pura nada. Y, visto
así, este conjunto que, mientras parecía real, podía retener la atención,
ahora ya no es capaz de ello y, soltando presa, se reabsorbe integrándose en
la totalidad del principio, integrado él también en la síntesis trinitaria.
Todo ocurre como si la fuerza de vida que, por la captura de la atención
estaba ligada a la atención ordinaria, al soltarse pasa a nutrir la
realización naciente del Ser del sujeto. Hay muerte sobre el plano inferior
y nacimiento en el plano superior, muerte temporal, nacimiento espiritual.
Se comprende que este proceso no se pueda hacer más que en el momento mismo
en que la emoción está viva en el hombre, cuando él es afectado como sujeto.
Por lo tanto, el análisis sobre emociones antiguas, hecho en un momento en
que sólo el intelecto está en juego, no tendría ninguna eficacia inmediata
porque
la fuerza de la emoción ya no está presente y no puede entonces ser
transferida de un plano a otro. Este no podría tener más que una eficacia
secundaria, preparando el retorno de otro análisis hecho en un momento en
que la emoción esté presente. La Inteligencia Independiente realmente es
esta visión imparcial en la que el hombre se ve como si él fuera otro. Pero
ella no tiene eficacia si el hombre es en verdad, a causa del tiempo
transcurrido, otro, es decir, ya no es un sujeto sino un objeto para su
visión. Esta sólo es eficaz si
el hombre es a la vez otro y el mismo, a la vez sujeto y objeto.
El anonadamiento de las emociones, del cual hemos dicho que es necesario a
la síntesis del Ser, no debe evidentemente ser comprendido como un
anonadamiento definitivo, y el hombre que realizare la plenitud de su Ser no
sería un hombre en el que ya no se produjeran más emociones ordinarias. El
anonadamiento de la emoción es un proceso instantáneo, es decir, ocurre en
este «instante que es la intersección del tiempo y de la eternidad». Esto no
modifica en nada el juego del principio que, funcionando en el plano
temporal, ha producido la emoción y continuará produciendo otras nuevas. El
anonadamiento no afecta más que al producto de esta fuente profunda. Este
producto ha desaparecido, vacío de su contenido de fuerza de vida que ha
sido arrebatado en beneficio del Ser real. Pero la fuente continúa y es
indispensable que así sea para que continúe la realización del Ser que se
nutre de sus efectos. Es así que se puede representar al hombre que hiciera
actuar continuamente su Inteligencia Independiente como un hombre sin
emociones, porque ellas serían vaciadas de su contenido y en consecuencia
muertas a su aparición; pero no como un hombre sin deseos porque la muerte
de los deseos es incompatible con la vida corporal.
Hemos dicho que el abandono de la posición dualista, de la distinción del
Bien y del Mal, involucraba el abandono de las emociones antes de tener
consciencia de su función dualista. Así vemos nosotros ahora, en la marcha
inversa que es la práctica de la vida interior, que el hombre que quiere
abandonar sus emociones para nutrir su Ser debe tomar consciencia de su
posición dualista y de la necesidad en la que él se encuentra de
abandonarla. Y es preciso comprender aquí que lo que hemos llamado la
distinción del Bien y de Mal debe ser entendido en la aceptación la más
vasta y que ella se encuentra detrás de la totalidad de los fenómenos
psicológicos, porque no hay ninguno de ellos que no produzca una resonancia
emotiva. Nosotros hemos hablado de emociones de contento de sí y de
sufrimiento de sí experimentados cuando el hombre se observa a sí mismo. Es
evidente que todas las emociones de contento y de sufrimiento en general son
asimilables a las primeras porque toda percepción tiene por objeto una parte
del sujeto afectada por el mundo exterior o por un juicio que él mismo
formula. Lo que llamamos distinción del Bien y del Mal engloba, entonces, de
una manera general, toda distinción de placer y de desplacer.
Hemos visto que los dos principios inferiores, constructor y destructor,
aunque iguales ante la mirada de la síntesis trinitaria, no parecen iguales
ante la mirada del hombre situado en su plano, y que el simbolismo explica
esta desigualdad. A causa de este simbolismo, se puede decir que de una
cierta manera las emociones de contento son menos falsas que las de
sufrimiento. Y esto por dos motivos: en primer lugar, el sufrimiento atrapa
al hombre más que el contento; capta más su atención. separándola del polo
intemporal donde ella debería estar. Así el hombre es más perjudicado por su
sufrimiento que por su placer. Por otra parte, las dos clases de emoción
deben ser consideradas de manera muy diferente desde el punto de vista de su
utilización posible para la realización del Ser.
En efecto, a causa de la relación simbólica que existe entre ellas y el
plano inferior, y en consecuencia también entre la emoción de placer
ordinario y la alegría inmóvil del plano superior, el hombre que siente el
placer es comparable a un hombre dormido que soñara que está despierto y en
quien la voluntad de despertar no tiene ninguna razón para actuar. El hombre
que siente placer no puede encontrar en esta situación ninguna razón para
comprender la necesidad de dejar, por el juego analítico de la Inteligencia
Independiente, el plano en el que se encuentra. Por su correspondencia
simbólica, el placer contiene algo de relativamente justo que impide a la
Inteligencia Independiente arrebatar la fuerza que le está ligada. Todo lo
que puede hacer la Inteligencia Independiente ante el placer, es hacer salir
de la sombra el sufrimiento que existe siempre como polo complementario de
todo placer y utilizar entonces la fuerza de este sufrimiento. Este fenómeno
de desplazamiento de la consciencia del placer al sufrimiento se observa
a veces espontáneamente. Una emoción de placer muy elevada y muy intensa,
experimentada por ejemplo en el arte o en el amor, «vira» al sufrimiento
cuando alcanza un cierto grado. Así entonces, ya que el placer aprisiona al
hombre menos vigorosamente que el sufrimiento, el hombre no podrá elevarse
directamente desde él al plano del Ser, sino que deberá pasar por el polo de
sufrimiento contenido en la misma emoción.
Y se ve que esta última es la única «real» porque es la única emoción
utilizable desde el punto de vista del Ser. Esto explica las palabras del
Buda: «Todo es sufrimiento». El hombre que pasara constantemente su vida
realizando su Ser, no conocería más que dos emociones: sobre el plano
inferior de su ser, la fuente profunda de su vida no elaboraría más que
sufrimiento, y la realización de su Ser, efectuada sin cesar a partir de ese
sufrimiento, mantendría en él la alegría inmóvil del plano superior.
Hemos visto que la síntesis trinitaria del Ser se realizaba cuando la
Inteligencia Independiente anulaba la emoción y le robaba su fuerza. Y hemos
dicho que el anonadamiento de la emoción no era el anonadamiento del deseo,
del impulso existente detrás de esta emoción. Es que en efecto la emoción
debe ser considerada como la vía desviada por donde se descarga la fuerza
del impulso cuando la Inteligencia Independiente no funciona. El impulso
mismo no es contrario a la realización del Ser, incluso es indispensable. Es
solamente la desviación de su fuerza en emoción la que es falsa y que debe
ser anulada para que la fuerza reencuentre su vía normal.
Esto hará comprender que, si bien el método general de la realización
interior es el mismo para todos los hombres, los gestos interiores correctos
por los cuales esta realización deberá efectuarse son diferentes para cada
uno de ellos. Si fuera el impulso el que debiera ser anonadado por la
Inteligencia Independiente, este gesto de muerte sería el mismo para todos.
Pero el gesto de vida que no anula más que la emoción y libera la fuerza del
impulso, debe ser adaptado exactamente a la estructura particular del
sujeto.
Es decir que el análisis, que es la modalidad según la cual actúa la
Inteligencia Independiente, es un trabajo esencialmente individual y de
ninguna manera un remedio uniforme distribuido indiferentemente a todos. La
intensidad y la cualidad de los impulsos varía en todos los hombres. Y el
análisis debe dar al sujeto la visión de su estructura original.
Este no será eficaz sino en la medida en que sea exacto. Será necesario
descomponer los mecanismos de los impulsos que existen detrás de las
emociones, A veces ciertas emociones, al comienzo invisibles, deberán ser
hechas conscientes, deberán ser «rechazadas», antes de que sus mecanismos
productores puedan ser descompuestos. Y estas emociones rechazadas deberán
ser buscadas detrás del comportamiento del sujeto, el que será examinado con
minuciosidad. Es para realizar todo este trabajo que ha sido creada la
técnica analítica.
El trabajo interior se servirá entonces de la observación del
comportamiento. Pero nosotros vamos a ver que él va también a modificar este
comportamiento y utilizar esta modificación para la realización de su meta.
Nosotros vamos a ver que el esfuerzo hecho por el hombre para obtener la
visión justa de sí mismo
no se va a realizar durante un largo tiempo para terminar en una
modificación brusca y única de su vida. Al contrario, la visión producirá
modificaciones sucesivas de esta vida y cada una de esas modificaciones
producirá a su vez un profundizamiento de la visión.
El comportamiento del hombre es lo que él hace, es su manifestación, es el
conjunto de las actitudes exteriores por las cuales él manifiesta sus
actitudes interiores. Pero nosotros sabemos que no se hace nada en el mundo
que no sea según la ley de la trinidad. ¿Cómo comprender que el hombre haga
algo sin que funcione en él su principio conciliador superior, la
Inteligencia Independiente? ¿Hay allí una derogación de la ley de tres? No.
Pero, para explicarse este hecho, es preciso saber que el hombre es una
criatura compleja en la que se observa el juego de dos principios
conciliadores, o equilibradores, diferentes. La Inteligencia Independiente
es el principio conciliador de naturaleza divina cuya actuación realiza la
síntesis trinitaria del Ser y, como lo hemos visto, el juego de ese
principio, si bien es posible en el hombre, no es necesario ni constante. El
es necesario a la construcción del Ser intemporal del hombre, pero no a la
construcción de su ser temporal. A esta construcción temporal la preside
otro principio conciliador, emanado de Dios como todos los principios, pero
no de naturaleza plenamente divina. Es un principio conciliador natural, el
mismo principio que actúa igualmente en el animal privado de Razón divina. Y
este principio, a la inversa del primero, actúa en el hombre de una manera
necesaria y constante.
Podemos estudiar el juego del principio conciliador natural cuando él actúa
solo, sin que actúe el principio superior. El principio natural es capaz de
hacer la síntesis temporal del hombre, pero no la síntesis de su Ser total.
El obvía esta insuficiencia creando en el hombre lo que en el lenguaje
analítico se llama «compensaciones». Estos son sistemas de actitudes
interiores y exteriores, normas de comportamiento, que ahorran más o menos
perfectamente al hombre el sufrimiento producido por la necesidad
insatisfecha de realizar su Ser total. Son máscaras colocadas delante de
vacíos, imitaciones del Ser real, así como hemos visto al placer simular la
alegría inmóvil del plano superior, o como el sueño simula la vigilia y
protege así el dormir.
Las compensaciones, a fuerza de actuar, construyen hábitos, automatismos
psíquicos. La compensación,
al comienzo simple movimiento interior, adquiere así un elemento estático y
llega a ser una especie de situación-obstáculo colocada delante de la visión
justa e impidiéndole producirse. Ella mantiene la visión parcial, por lo
tanto errónea, del plano inferior. Un círculo vicioso se establece así,
porque mientras más la visión se afirma, más disminuyen las oportunidades de
la visión justa, más la visión se parcializa y se falsea aumentando la
importancia de la compensación.
Se comprende inversamente que el juego voluntario y metódico de la
Inteligencia Independiente, obteniendo la visión desde lo alto que es la
única justa en la medida en que es obtenida, hace aparecer la absurdidad de
la compensación desde el punto de vista del Ser y la destruye en esa misma
medida. La actitud interior falsa que ha sido así «aclarada» desaparece, y
el comportamiento exterior que le correspondía es abandonado y reemplazado
por un comportamiento justo. Este comportamiento «rectificado» no es una
pantalla opaca como lo era el comportamiento compensador, y su transparencia
descubre otros mecanismos compensatorios situados detrás de él que podrán a
su turno sufrir la acción de la visión justa, y así sucesivamente. Pues los
mecanismos psicológicos se encajan desde la superficie del ser hacia su
profundidad y deben ser rectificados progresivamente en este orden.
Se ve que la realización interior aunque no consiste, propiamente hablando,
en nada exterior visible en el plano temporal, no podría efectuarse sin
acarrear consecuencias visibles. Los comportamientos compensadores son, ya
lo hemos dicho, «situaciones-obstáculos», y ciertas relaciones que el sujeto
ha establecido entre él y las gentes y las cosas que lo rodean deben ser
rotas para que el trabajo interior pueda progresar.