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Esos misteriosos druidas
jueves, 16 de marzo de 2006
Los griegos del siglo II a.C. fueron los primeros en observar que entre los pueblos bárbaros, a los que denominaban keltoy, existía una misteriosa casta sacerdotal: unos hombres a quienes no tuvieron inconveniente en reconocer como predecesores de la filosofía griega y a los que consideraron semejantes a los magos persas y caldeos.
Eran los druidas, nombre asociado tradicionalmente al roble, el bosque y la sabiduría. No se conoce a ciencia cierta su origen.
Algunos autores piensan que podrían ser parte de los últimos pueblos megalíticos con los que habrían convivido los proto-celtas, que ya debían haber entrado en un lento ciclo de decadencia, perdiendo progresivamente sus capacidades por el simple contacto con otras comunidades guerreras en tiempos especialmente conflictivos.
Justamente fue en los lugares de amplia tradición megalítica donde prosperaron los celtas.
Las escuelas druídicas se ubicaban siempre en el interior de los bosques y, según se cree, su organización no era demasiado distinta de la de los monasterios.
De hecho, cuando el cristianismo se difundió, imponiéndose en estos territorios, muchas viejas escuelas fueron convertidas en conventos, mientras que otras se transformaron en colegios de poetas, algunos de los cuales perduraron hasta el siglo XIX.
Islas de los soñadores
Los druidas realizaban una visita anual a todas las tribus con el objeto de reclutar a aquellos jóvenes que manifestaban aptitudes especiales para desarrollar la función religiosa.
Es posible que la mayoría de ellos ya hubiesen sido preseleccionados por quienes regían las distintas comunidades, probablemente tras observar cierto tipo de signos y habilidades naturales.
Los afortunados que lograban superar los exámenes eran conducidos a alguna de las legendarias «islas de los soñadores», como Mona (actual Anglesey, en Gales) o Iona (que aún conserva su antiguo nombre, en Escocia).
Sus funciones eran respetadas por todos los estratos de la sociedad. Los druidas estaban exentos del servicio militar, de pagar impuestos y de las labores en los campos comunitarios.
Sus dominios no tenían límites territoriales y podían traspasar cualquier área tribal sin necesidad de pedir permiso, con la completa seguridad de que nadie les atacaría. Incluso atravesaban los campos de batalla sin ser molestados. Tampoco tenían que postrarse ante ningún rey. Pero para llegar a la cúspide del druidismo debían superar un duro e intenso aprendizaje, que podía durar hasta veinte años.
Eso hacía que un druida comenzase su «vida profesional» a una edad que pocas personas normales superaban en aquella época. A pesar de que la gran mayoría de esta elevada casta sacerdotal estaba compuesta por hombres, también había druidesas (bandrui o banfhlaith).
En Cil Dare (Irlanda) existía una escuela exclusiva para ellas. Precisamente allí fue donde, siglos después, Santa Brígida, hija de un druida, erigiría un monasterio de monjas que mantuvo encendido el fuego sagrado de su antigua fe, hasta que la Iglesia se lo prohibió.