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EL TERCER TIEMPO
jueves, 30 de marzo de 2006
La vida espiritual de la Humanidad está dividida en tres eras o tiempos.
En el Primer Tiempo me hice reconocer como Padre, en el Segundo me manifesté como Maestro y en esta Tercera Era me estoy haciendo sentir como Juez.
Esas son las tres fases que he revelado a los hombres y a través de las cuales habréis de conocerme en plenitud; mas no queráis ver tres dioses ni tres personas ahí donde sólo existe un solo Espíritu Divino, porque en este tiempo estáis capacitados para aceptar la simplificación de todo aquello que habéis envuelto en el misterio y que habéis complicado hasta hacerlo incomprensible.
¿Por qué mientras todo crece, se transforma, se perfecciona y desarrolla sin cesar, sólo vuestro espíritu ha de tener que permanecer estancado a través de los siglos?
El espíritu es quien debiera caminar al frente de cuantas obras realiza el hombre,
porque él es a quien se le ha confiado la vida en la Tierra; sin embargo,
ahí en vuestro mundo hacéis que el espíritu desatienda sus más altas misiones,
para consagrarlo a los ideales terrestres y envolverlo cada día más
en el vértigo de esa vida que habéis creado.
Ya que mucho habéis descubierto y aprendido por medio de la ciencia,
no ignoráis la evolución incesante que existe en todos los seres de la Creación.
Yo envié al espíritu a encarnarse a la Tierra y convertirse en humano,
para que fuera príncipe y señor de cuanto en ella existe,
no para que fuese esclavo ni víctima, ni menesteroso, como veo que lo es.
Es hombre es esclavo de sus necesidades, de sus pasiones, de sus vicios y de su ignorancia.
Es víctima de sufrimientos, tropiezos y vicisitudes que su falta de elevación espiritual
le ocasionan en su tránsito por la Tierra.
Es menesteroso porque ignorando la parte de herencia que le corresponde en la vida,
no sabe de qué es dueño y es como si nada tuviera.
Es necesario que esta humanidad despierte
para que comience a estudiar en el libro de la vida espiritual y pronto,
transmitiéndose esa idea de generación en generación,
surja aquella simiente bendita en la que se cumpla mi palabra.
Os he dicho que esta Humanidad alcanzará un día la espiritualidad
y sabrá vivir en armonía con todo lo creado
y sabrán marchar al mismo compás espíritu, entendimiento y corazón.
Este Tercer Tiempo en que la maldad humana ha alcanzado su mayor altura será, sin embargo,
tiempo de reconciliación y de perdón.
Vengo a salvar a los delincuentes, porque el hombre que delinque es también un hijo de Dios,
y vale mucho para Mí cada uno de mis hijos.
Yo extenderé esta Doctrina por toda la Tierra como un manto de esperanza y salvación.
Yo os digo que en este Tercer Tiempo, aunque os parezca un imposible,
la regeneración y la salvación de la Humanidad no será difícil,
puesto que la obra de redención es obra divina.
Mi amor será el que vuelva a los hombres al camino de la luz y de verdad.
Mi amor, penetrando sutilmente en cada corazón, acariciando a cada espíritu,
manifestándose a través de cada conciencia, transformará las duras rocas en sensibles corazones,
hará de los hombres materialistas seres espiritualizados y hará de los pecadores empedernidos,
hombres de bien, de paz y buena voluntad.
Cuando mi Reino penetre en todos los corazones
y su influencia divina invada los caminos y las sendas todas de los hombres,
volverá esta Humanidad a sentir la beatitud,
la paz que experimentaron los primeros moradores de esta Tierra.
Este paraíso no es otra cosa que el Reino de los Reinos;
el paraíso que habitaron vuestros primeros padres no estaba fuera de ellos,
estaba dentro de ellos mismos.
Por eso en vano buscan los hombres aquel jardín;
porque el Paraíso nunca ha estado en esta Tierra,
ha estado en el espíritu, en el corazón de los hombres.
Pero hoy os digo: El paraíso que poseyeron vuestros primeros padres por virtud de la inocencia,
vosotros lo recobraréis por virtud de los mérito y de la consciencia.
El Paraíso existió, existe y persistirá en la eternidad.
Y en todos los tiempos ese paraíso, que es el Reino del Padre,
se ha acercado a los corazones que le buscan,
a los espíritus que se elevan en pos de ese Reino,
a los espíritus que abren sus puertas para recibir la influencia,
el ambiente y la beatitud de aquel Reino.