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Capitulo III ox
LA PUERTA DE LA LUZ
MARTE TREJO
Fue en un día a principios de mayo, cuando el sol atravesaba por el centro del cielo, que Don Jacinto celebró su primera ceremonia para nosotros. Apenas despuntaba la mañana, pero la casa de Don Vicente Martín se había convertido en un hervidero de gente. El lugar situado en Nohlo, a muy pocos kilómetros de Mérida, era una huerta de frutales cultivados con mucho esmero por su dueño, quien además de ser jardinero en uno de los principales hoteles de Mérida, también resultaba un ferviente estudioso del calendario maya y de las estrellas, conocimientos aplicados de manera eficaz para el cuidado de sus plantas.
Además de los frondosos árboles de mango, sembró para cosechar deliciosas guanábanas, también había palmas chinas, plátanos y limoneros, entre muchas especies, todas de repartían en una serie de estrechos caminos fabricados con lajas. Mas adelante, en el lugar escogido para la ceremonia, había un gran depósito de agua, en maya se les dice chultúnes .
En una de las esquinas de la construcción, Don Vicente realizó un pequeño modelo escala de la pirámide de Chichén Itzá, con las mismas alineaciones astronómicas, como singular artilugio para reproducir los efectos de luz y sombra de su hermana mayor.
Aquí se realizaría la primera ceremonia entre los monjes del lejano Tibet y un sacerdote representante de la raza maya y al llamado de ese conjuro, gentes de los rincones más lejanos del planeta llegaban a Nohlo, esperando pacientes el inicio del ritual, a pesar del intenso sol de mayo.
Cerca de las 11 de la mañana, llegaron los nueve lamas del antiguo monasterio Drepung Loseling, guiados por Su Venerable Eminencia, Jampa Rimpoche, "joya de sabiduría", maestro de muy alto rango y Geshe Damdul Namgyal, en ese entonces un joven de increíbles conocimientos en historia y magia tibetana. Otros visitantes eran Geshe Thupten Dorje, doctor y psicólogo; Lama
Tashi danzante, los cantantes multifónicos y el risueño Lama Shopell, encargado además de la tiendita, a quien de cariño le apodaban Shoping.
Esperándolos como mayordomo de la tradición maya estaba Don Jacinto Tzab, quien desde muy temprano se había dedicado a preparar la mesa de las ofrendas. Con la ayuda de los participantes y el dueño de la quinta, construyó un altar de carrizos, adornado con ramas de habín y hojas de plátano. Ahí depositaron las frutas, semillas y chocolate, para acompañar a las bebidas rituales sakhá, balché y el aguardiente hulhá, creando así un círculo de protección de 20 leguas a la redonda.
Estas esencias estaban encima de cuatro paliacates de colores, orientados con el cielo. El representante del Este portaba el color rojo, el Norte era blanco, para el Oeste negro y el del Sur amarillo. Había además cuarzos amatistas, ágatas, lapislázulis, libros, pequeñas efigies, algunas fotografías de seres queridos y un buen número de imágenes, veneradas por todo tipo de creencias.
La mesa de las ofrendas fue construida hacia el oriente, los nueve monjes tibetanos se instalaron enfrente, a la sombra de un ramón, sentados en flor de loto. Hacia el Norte, los caracoleros iniciaron la ceremonia, dejando salir al cielo el nostálgico sonido ancestral del Atecocolli, con su instrumento sagrado.
Entonces, los lamas comenzaron a esparcir poderosos cantos de nombre Zok-kay y Barda, estos sirven para invocar a los 10 000 budas, solicitándoles que todo resulte auspicioso. La música de los mantras y las campanas tibetanas, vibraban como un coro de armonías distantes, en tanto el Rimpoche recitaba las sadanas budistas, moviendo las manos formando mudras. Después remojaba unas hermosas plumas de pavo real en un cuenco con agua, bendiciendo a los presentes con el rocío.
A las doce del día, Don Jacinto inició el conjuro de sus cantos, conforme al ritual maya, primero pidió permiso a Dios Hunab Kú y después a los señores del monte. Una sutil alabanza comenzó a brotar desde su garganta, el canto parecía elevarse en espiral, poco a poco fue conectando al cielo con la tierra, lo grande con lo pequeño, envolviendo todo y a todos en ese vórtice.
De pronto, Mary Sloane, quien estaba a cargo de la excursión lama, comenzó a señalar hacia el cielo insistentemente, al notarlo muchos levantamos la vista por instinto y sorprendidos, pudimos participar de una misteriosa visión colectiva.
El sol que se encontraba en ese momento en el centro del cielo, sentado en su trono, resplandecía por encima del azul profundo. Pero en cada esquina, cual si fueran los mismos bacabes, alcanzamos a distinguir cuatro enormes burbujas de apariencia metálica, destellaban hermosos tonos dorados, además de mostrarse inmóviles, fijos en la inmensidad del espacio.
Nadie de los presentes podía explicar a satisfacción el fenómeno, Lama Damdull dijo:
- Se trata de crear alta sinergia, cuando se logra, se materializa como hoy, es la señal auspiciosa que sella la unión de nuestras dos culturas madres -.
Don Jacinto fue un poco mas mesurado en su respuesta, para él se trataba de los guardianes del monte, con quienes se comunicaba desde hacía mas de 40 años.
- Los guardianes han abierto una puerta de luz, aceptan nuestras ofrendas, podemos entrar, pero si fallamos, entonces van a darnos la oscuridad - concluyó.