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FILOSOFÍA NÁHUATL 2a Parte
viernes, 05 de mayo de 2006
CARACTERÍSTICAS DEL PENSAMIENTO FILOSÓFICO DE LOS NAHUATL
El escritor peruano Carlos Manatequi afirma: “Me parece evidente pensar en un pensamiento francés o alemán, pero no me parece evidente la existencia de un pensamiento prehispánico”.
Esta opinión sólo es eco de otras muchas que niegan la categoría de filosofía al pensamiento de las culturas prehispánicas, entre ellas a la náhuatl, la cual sólo sería poesía y mito, y quedaría reducido a un producto secundario de su concepción religiosa que jamás alcanzaría a ser considerado como pensamiento filosófico. Sin embargo, nosotros compartimos la opinión de León Portilla, uno de los grandes estudiosos de la cultura náhuatl, de que en las expresiones más acabadas de su espíritu se pueden encontrar los rasgos, los elementos de una verdadera filosofía.
El hombre náhuatl busca en su mundo verdades fundamentales y se plantea problemas como el de la verdad cognoscitiva y la verdad misma del hombre. Por medio de la observación del mundo que lo rodea y las reflexiones sobre su ser mismo y el ser de lo trascendente, se hace cuestiones que se presentan en cualquier sistema filosófico: ¿Quién soy? ¿Qué significa el mundo, lo que me rodea?, ¿Cuál es mi visión última?, ¿Quién es dios y qué es?, y sus respuestas a estas preguntas se caracterizan por su originalidad. Respecto a esto podemos usar para el pensamiento náhuatl las palabras que Bolívar utilizó para referirse a las civilizaciones prehispánicas del Perú: “Todo en él fue original y tal puro como la inspiración que viene de lo alto”. Para comprobarlo, basta analizar los códices, por ejemplo, el Matritense y el Florentino, que describen la sabiduría indígena en su expresión original. Hay que admitirlo, no podemos hablar de una filosofía de manera explícita consciente, sistemática y tradicionalista.
No encontramos en ella la organización, la homogeneidad de los grandes sistemas filosóficos de Occidente, por ejemplo, el aristotélico-tomista; pero, sin duda, el pensamiento náhuatl manifiesta un esfuerzo sincero de búsqueda de las verdades básicas; encontramos en él una singular concepción del mundo, una visión propia del universo. Esta concepción, esta visión, no se encuentra desarrollada, plasmada en grandes obras o tratados de filosofía a manera de las summas medievales, dadas las limitaciones de la escritura prehispánica; pero sí reflejada en todas sus manifestaciones espirituales.
“¿Adónde iremos?
Sólo a nacer venimos
¿Acaso de verdad se vive en la tierra?
No para siempre en la tierra
Sólo un poco aquí.
No se necesita ser un experto para reconocer en esta frase el problema de la realidad del ser y de esa existencia en el más allá que se da en toda la cultura universal. Es importante señalar que el hombre náhuatl tiene una apertura fundamental a lo trascendente, su pensamiento siempre se inicia preguntándose por dios y termina respondiéndose con dios. Su universo está lleno de la divinidad que se manifiesta en todo lo que le rodea, agua y sol, muerte y vida, en el cielo y en la tierra. Así se lee en los anales de Cuautitlán:
“Señora de nuestra carne,
Señor de nuestra carne,
La que se viste de negro,
El que se viste de rojo,
La que da estabilidad a la tierra.
Soustelle señala:
“La religión con su ritual minucioso y exigente, con su abundancia de mitos, penetraba profundamente y bajo todos los aspectos de la vida cotidiana de los hombres. Constituía una interpretación del mundo y suministraba una regla de conducta. Daba un sentido, totalmente y a cada instante, a la existencia del pueblo mexicano”.
Por esta razón, no es posible separar su filosofía de su teología, puesto que se confunden, forman una unidad. Si hablamos de su filosofía, tenemos que hablar de su teología. Pero esto no resta valor a su pensamiento filosófico. De hecho es un fenómeno universal que se ha dado en la mayoría de las culturas. Menciona María Zambrano:
“Hace muy poco tiempo que el hombre cuenta su historia, examina su presente y proyecta su futuro sin contar con los dioses, con Dios, con alguna forma de manifestación de lo divino”.
LA COSMOVISIÓN NAHUATL Y LA FIGURA DE QUETZALCÓATL
Krickeberg afirma que el conocimiento de la naturaleza, la tradición histórica y el centro del mundo náhuatl no se pueden buscar en una fuente única. No obstante, creemos que básicamente toda la visión posterior del mundo náhuatl parte de la cosmovisión tolteca del mundo, de la que forma parte fundamental la figura de Quetzalcóatl. La concepción tolteca del mundo, como todas las de América prehispánica, está profundamente marcada por el elemento religioso. Dios surge en todos lados, su religión es una religión naturalista, y en ocasiones confusa:
“La religión es su filosofía, su ciencia y su moral que explica el origen del mundo y del hombre; que da razón de los fenómenos naturales y establece el método para obtenerlos y (o) evitarlos y que preceptuaba las formas de conducta”.
Su misticismo brota en su arquitectura, con la construcción de los templos, en la escultura teomórfica, en el juego de pelota.
La religión se manifiesta en lo más íntimo de la vida personal y en toda la estructura comunitaria. Los toltecas expresan su pensamiento del mundo a través de los mitos; el mundo aparece en ellos como una isla inmensa dividida de manera horizontal en cuatro cuadrantes, o rumbos, a manera de puntos cardinales y rodeada toda por el agua. Estos cuatro rumbos se encuentran en el ombligo de la tierra. Cada uno con su propia simbología y su propio significado. Así, el Oriente, simbolizado por el color blanco, es la región fuente de la vida, de la fertilidad, de la luz, del nacer y renacer. El Norte, simbolizado por el color negro, es la región en donde yacen los muertos. En el Poniente se encuentra la residencia del sol, lugar de la juventud y de la abundancia, y se halla representado por el color rojo. El azul simboliza al Sur, lugar de la tierra y de la siembra.
Pero no sólo horizontalmente se halla dividido el mundo. Verticalmente hay varios estratos. Arriba de la tierra se encuentran los cielos, “El Topan” ocupados por los distintos cuerpos celestes. En el cielo último, en el más alto, está la región de los dioses.
Hacia debajo de la tierra hay una serie de pisos inferiores, que son recorridos por los que mueren, hasta llegar al profundo, en donde se halla “El Mictlán”, la región de los muertos.
Hay que observar que este mundo no es siempre el mismo, no es un mundo que permanezca estático; por el contrario, su universo es un universo que se transforma, que cambia en el tiempo.
Era el lugar de la lucha constante entre fuerzas invisibles representadas por dioses. Como resultado de estas batallas cósmicas, cuatro soles habían dejado de existir, es decir, el mundo había muerto ya cuatro veces por medio de inmensos cataclismos y se vivía entonces el quinto sol o edad del sol en movimiento, después de haber pasado sucesivamente por las edades de la tierra, aire, fuego y agua. Este nuevo mundo había sido producto del sacrificio de los dioses, “que con su sangre lo habían creado y vuelto a poblar”.
En conjunto, esta visión cosmológica representa un esfuerzo de explicación, un intento de interpretación de su universo que se les ofrece complejo, cambiante, producto de una dialéctica, de una lucha de fuerzas. Es un mundo que ellos saben que está destinado a desaparecer, que no es permanente, y en consecuencia, no presenta seguridad para nadie; lo único seguro es la muerte.
Su mundo se encuentra sumido en el misterio que ellos intentan desentrañar en la medida de sus posibilidades, desde su particular reflexión y circunstancia, es decir, de manera totalmente original.
Pero su mundo no sólo se caracteriza por la amenaza, también ofrece esperanza, posibilidades que se reflejan en los estratos de su cosmovisión: el hombre puede llegar al “Topán”, un mundo en el que hay fertilidad, vida y movimiento. Su sol puede desaparecer en cualquier momento, pero ese momento permanece desconocido para ellos, es cosa de los dioses, y mientras llega el fin ellos se aferran a la vida.
Es precisamente este núcleo de mitos, esta cosmovisión la que se toma de Quetzalcóatl y se reconstruye. A partir de él surgen una serie de nuevos conceptos, formas distintas de ver la realidad y lo trascendente, que cambian la mentalidad existente y marcan profundamente toda la civilización náhuatl.
Quetzalcóatl es un ser entre histórico y mítico personificado de diversas maneras entre los pueblos nahuas, para algunos fue un sacerdote del dios Quetzalcóatl o Serpiente Emplumada, que vivió en el siglo IX en Tula, en medio del ayuno y la oración; pero el dios Tezcatlipoca, su enemigo, le tendió una trampa.
Quetzalcóatl, víctima del alcohol, rompe su castidad. Al darse cuenta de su pecado abandona la ciudad, convirtiéndose en el Lucero de la Mañana; pero prometiendo volver algún día. Entre los aztecas es Tlahuizcaltecutli (lucero de la mañana) o también Ehécatl (dios del viento). Entre los mayas es Kukulcán. Pero más allá de las implicaciones míticas, Quetzalcóatl, como personaje histórico o mítico, se encuentra inserto profundamente en toda la mentalidad del mexicano de aquellos tiempos, de tal manera que sería sumamente difícil entender el pensamiento náhuatl sin tener en cuenta el pensamiento de Quetzalcóatl.
Quetzalcóatl introduce una nueva doctrina que habla de Tlilán Tlapalán “la tierra del color negro y rojo”, el lugar del saber más allá de la muerte y de la destrucción de los soles y los mundos.
Así mismo, Quetzalcóatl modifica marcadamente la idea de la divinidad dejando a un lado el politeísmo, descubre y encuentra un nuevo dios, para él, el verdadero dios, el dios uno y dual, fuente y origen de todo. La divinidad suprema es Ometeotl, dios de la dualidad, que como tal se expresa como Ometecuhtli, Señor de la dualidad y como Omecihuatl, Señora de la dualidad. Ometeotl tiene la cualidad de ser el Tloque Nahuaque, que significa dueño de la cercanía y la proximidad, Tloque Nahuaque es presencia dinámica en todo lugar, es el dueño del negro y del rojo, colores que simbolizan la sabiduría. Es el dios que se manifiesta en el mundo, dando estabilidad y dinamismo como se expresa en el siguiente texto:
“Y sabían los toltecas que muchos son los cielos
decían que son doce divisiones superpuestas
allí está la puerta,
allí vive el verdadero dios y su comparte
el dios celestial se llama señor de la dualidad
y su comparte se llama señora de la dualidad,
señora celeste
quiere decir:
sobre los doce cielos es rey, es señor,
de allí recibimos la vida
nosotros lo macehuales (los hombres)
de allá cae nuestro destino,
cuando es puesto,
cuando se escurre al niñito,
de allá viene su ser y destino,
en su interior se mete,
lo manda el señor de la dualidad”.
La concepción de Quetzalcóatl también implica una novedad en la manera de entablar contacto con la divinidad, en el modo de comunicarse con dios. El punto de contacto entre el mundo y el cielo dejan de ser los sacrificios humanos, que son repudiados por este personaje. Si bien los sacrificios y abstinencias personales siguen constituyendo un medio, para Quetzalcóatl lo principal se encuentra en la meditación que se dirige a lo trascendente, que busca el verdadero sentido del hombre y del mundo. En la sabiduría, el hombre se encuentra con dios. Por medio de la reflexión de lo divino y en sí mismo, lo humano puede penetrar a las moradas del recinto de la sabiduría, el Tlilán Tlapalán. Esa búsqueda del ejercicio del saber se ve expresada en el arte de los toltecas o toltecayotl. Sin embargo, este arte se halla inmerso en el mundo y, por lo tanto, marcado por la temporalidad; puede destruirse, tiene un final, nunca llega a la perfección. La verdadera sabiduría no está en este mundo, sino en la trascendencia, en Tlilán Tlapalán.
El mismo Quetzalcóatl, según lo narra el código Matritense, abandona el mundo buscando llegar a Tlilán Tlapalán, la región del color rojo y negro.
De lo hasta aquí expuesto podemos extraer lo original, lo nuevo que comporta el pensamiento atribuido a Quetzalcóatl, que es primera y fundamentalmente una nueva manera de captar la divinidad, ya no como una multitud de dioses dominando cada uno una sección de la realidad, sino como un dios primordial, único pero dual, del que se deriva todo lo demás, incluso los demás dioses que sólo serían otra forma de representación del dios de la dualidad. Este dios es presencia, dinamismo, es un dios cercano al hombre, es el Tloque Nahuaque. Para llegar a este dios no es necesaria la sangre, los sacrificios humanos; principalmente se accede a él por el camino de la sabiduría, de la reflexión y del arte. Al ser la Sabiduría y el arte el lugar del encuentro con el Absoluto, el hombre encuentra en ellos su misión y el sentido de su existencia. Por medio de ellos supera su temporalidad; además, a través del arte, en el ámbito de la escala humana, participa de la dimensión creadora de dios. Sin embargo, la perfección no se encuentra en el Toltecayotl o arte, es éste sólo un momento, sólo el camino que debe desembocar en el Tlilán Tlapalán, el mundo de la sabiduría donde se dará el contacto personal íntimo con la divinidad; éste es el verdadero destino del hombre, la inmortalidad, superar el mundo contingente.
En Quetzalcóatl también se da una dimensión mesiánica, representa el bien que ha de volver para establecerse de manera definitiva, en este sentido significa esperanza y optimismo. Esta concepción mesiánica tuvo importantes consecuencias a la llegada de los españoles.
Todas estas ideas configuraron de manera definitiva la filosofía náhuatl posterior.
LOS TLAMATINIME
Según Fray Bernardino de Sahagún, el Tlamatini es:
“El filósofo, aquel que sabe algo, el encargado de educar, formar e interpretar la tradición oral y escrita de la cultura, al fin de cuentas su filosofía viene aplicarse a las preocupaciones, dudas, problemas, doctrinas particulares de estos filósofos del México antiguo, en los cuales descubrimos una riqueza fecunda ya que tienen un contenido propio y distinto”.
Y según el Códice Matritense:
“El Tlamatini es una luz, una tea,
una gruesa tea que no ahuma,
un espejo horadado.
Un espejo agujereado por ambos lados
suya es la tinta negra y roja
de él son los códices,
él es el dueño de los libros de pintura,
él mismo es escritura y sabiduría
es camino, guía veraz para otros
conduce a las personas y a las cosas,
es guía de los negocios humanos.
El sabio verdadero es cuidadoso
y guarda la tradición.
Suya es la sabiduría transmitida
él es quien la enseña,
sigue la verdad.
Maestro de la verdad
no deja de amonestar.
Hace sabios los rostros ajenos
hace a los otros tomar una cara,
los hace desarrollarla,
les abre los oídos, los ilumina.
Se fija en las cosas,
aplica su luz sobre el mundo
conoce lo que está sobre nosotros
y la región de los muertos.
Cualquiera es confortado por él,
conforta el corazón, a la gente,
ayuda, remedia, a todos cura”.
Estos textos hablan por sí mismos de la figura de los Tlamatinime.
En ella encontramos al filósofo náhuatl, es el que busca respuestas fundamentales a preguntas fundamentales, es el que intenta explicar su mundo y enseña a los hombres. Si Quetzalcóatl legó una nueva doctrina, ellos fueron los encargados de difundirla. Sin embargo, la importancia de su función no está principalmente en propagar ideas, sino en la fertilidad de su pensamiento que ensancha los conceptos heredados y encuentra nuevas categorías de pensamiento. Así, en la cultura náhuatl, brotan ideas como el hombre dueño de un “rostro y un corazón”, que define la revelación del hombre al hombre. Este concepto es intento de entender, de abarcar al hombre en su totalidad, en su integridad, es decir, como corporalidad, como dueño de un núcleo moral y espiritual.
Los Tlamatinime retoman el concepto de toltecayotl de Quetzalcóatl y lo convierten inxochitl incuicatl, el mundo de “flor y canto” que engloba todas las manifestaciones artísticas y simbólicas. Flor y canto, en medio de la transitoriedad en que todo cambia, puede llevar el fundamento a la verdad, a la raíz de las cosas, del mundo y aun más allá, a ponernos en contacto con lo que está por arriba y por abajo del lugar de los hombres. A final de cuentas flor y canto apuntan hacia la divinidad, alcanzar a la divinidad por medio del arte y del símbolo.
Entre los Tlamatinime más destacados se encuentra Nezahualcóytl que a través del pensamiento intentó entender el cambio de las cosas que siempre acaba en la muerte; intentó explicarse el devenir y la fragilidad de las cosas, encontrar algún camino hacia la trascendencia del hombre, es decir, la misteriosa relación entre el hombre y el Tloque Nahuaque. Como ejemplo del pensamiento de Nezahualcóytl citamos este párrafo:
“¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?
No para siempre en la tierra
sólo un poco aquí.
Aunque sea oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal
se desgarra.
No para siempre en la tierra,
sólo un poco aquí”.
Tlacaeletl es otro de los grandes Tlamatinime: es principalmente legislador y político. Modificó radicalmente el acervo cultural tolteca, creando la conciencia imperial del pueblo azteca. A decir de León Portilla: “da al pueblo azteca una nueva visión místico guerrera del mundo y hombre, raíz de la futura grandeza del pueblo del sol”. Tlacaeletl subraya el valor de la guerra y los sacrificios humanos no sólo para agradar a los dioses, sino como un medio efectivo de colaborar con ellos en la conservación del universo siempre amenazado por la destrucción. Así pues, la civilización azteca se mueve en un marco de un profundo dualismo entre la herencia cultural tolteca y una nueva concepción místico-guerrera, entre Quetzalcóatl, representando la paz, la sabiduría y Huitzilopochtli, el dios de la guerra, el que pide sangre.
RESUMEN
Por razones naturales, uno de los períodos que presenta originalidad en su esfuerzo por comprender el ser del hombre, el del cosmos que le rodea y sus relaciones con el Ser Trascendente, es el pensamiento del hombre náhuatl, que se desarrolla libre de influencias exteriores, de otras culturas y, ante su asombro, su angustia y su imaginación ante el mundo en el que se siente sumergido, trata de dar respuesta a aquellas interrogantes fundamentales que se le plantean por el solo hecho de ser racional, tales como: ¿de dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Cuál es la mejor manera de recorrer el camino que se me ha impuesto desde el momento que he tomado conciencia de mi propia existencia?.
Después de este momento histórico, precursor del encuentro del hombre americano con la civilización occidental, el pensador nacido en la tierra que hoy es lo que se llama la Nación Mexicana, ha elaborado sus sistemas de pensamiento basado en las tesis de los filósofos europeos y sólo hasta este siglo se puede descubrir un esfuerzo por tratar de elaborar una manera de pensar que corresponda a la problemática el hombre hispanoamericano que, aunque sea en problemas específicos, tiene características diferentes a las del hombre occidental.
Para finalizar, es importante mencionar que “la visión del universo de los antiguos mexicanos dejaba poco lugar para el hombre”. El hombre concreto singular ya tiene marcado su destino desde el día de su nacimiento, su mundo no es su mundo, sino sólo es el lugar de la manifestación de la divinidad; el lugar en donde se enfrentan los dioses; un mundo que está condenado a desaparecer. Su visión del universo está marcada por el pesimismo. Sin embargo, como afirma el mismo Soustelle, “lo que constituye la grandeza de este pueblo es haber aceptado este mundo tal y como lo veía. Su pesimismo es activo”.
En el Universo que esta completamente determinado, el náhuatl busca caminos de participación y de trascendencia a través de la construcción de la Flor y el Canto y aún por medio de la muerte y la guerra.
CONCLUSIONES
Para concluir este trabajo quiero subrayar algunas ideas:
Podemos afirmar la existencia de una filosofía náhuatl, aunque ésta no tenga el carácter sistemático de la filosofía occidental.
Es indudable que sus conceptos acerca de la problemática fundamental del hombre, tiene un enfoque original y distinto al del hombre occidental europeo.
La filosofía náhuatl se confunde con su teología, pero no como un producto secundario, sino formando una unidad con ella.
El centro del pensamiento filosófico náhuatl se encuentra en el pensamiento que se desprende de Quetzalcóatl, símbolo de la toltecayotl o filosofía tolteca. Dentro del determinismo propio de la cosmovisión náhuatl, el hombre se esfuerza por ocupar un lugar activo y participativo, y tiende hacia la trascendencia.
El pensamiento de los antiguos mexicanos refleja un esfuerzo sincero de búsqueda de la verdad, de encontrar el fundamento de la realidad de la divinidad y del hombre, y precisamente por esto tiene algo nuevo, original que decir al hombre de todos los tiempos y se puede incluir en el gran libro de la sabiduría universal.
Con la siguiente frase significativa de un protagonista directo del mundo náhuatl, doy por concluida mi investigación sobre ésta maravillosa cultura, a la cual no debemos de olvidar, ni dejar de valorar y fomentar su filosofía:
"Mis dedos están rígidos por la edad. Ya no puedo escribir. La humanidad ignorará siempre lo que ha sido de este gran pueblo. Nuestra civilización le ha asentado un golpe tan duro que no podrá levantarse y puede ser que jamás se sepa que gran altura intelectual había alcanzado”.
Fray Bernardino de Sahagún
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ZEA, Leopoldo, “Filosofía Latinoamericana”, Anuies, México, D. F., 1976.
CUESTIONARIO
1.- ¿Por qué nuestro mundo prehispánico es considerado un escenario fascinante de la búsqueda del hombre por encontrar el absoluto?
2.- ¿Qué relación existía entre la divinidad y el hombre?
3.- ¿Qué significado tenía para el mundo náhuatl el “Topan y Mictlán”?
4.- ¿Qué es oportuno advertir para comprender una filosofía que trasciende el salvajismo de los náhuatl?
5.- ¿Por qué centrar la atención en la cultura náhuatl?
6.- ¿Cuáles son las principales manifestaciones del tesoro cultural náhuatl?
7.- ¿Qué debemos valorar del pensamiento filosófico occidental?
8.- ¿Qué mérito tiene nuestra filosofía prehispánica?