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EL PERDÓN CURA
domingo, 08 de octubre de 2006
Perdonar de verdad requiere comprender de verdad. Debemos ser capaces de mirar con claridad toda la escena, no retroceder ante ninguna parte, no negar nada, aceptarlo todo. En cierto sentido, esto significa que debemos convertirnos en expertos con respecto a lo que es preciso perdonar, para ver todos los aspectos, no sólo el propio.
Un ejemplo. Hace muchos años, durante un taller de trabajo sobre el tratamiento del incesto, uno de los participantes se identificó como agresor y reconoció que había abusado sexualmente de su hija.
Por un largo instante reinó un silencio de estupefacción. Luego él pasó a describir su encarcelamiento, la terapia que él y su familia habían recibido y su recuperación, que duraba desde hacía muchos años.
Ahora se dedicaba a asesorar a los hombres encarcelados por el mismo delito. Junto con su esposa y su hija, participaba de discusiones grupales con las familias de estos hombres. Su franqueza creó un ambiente que permitió a otros participantes del taller conversar sobre sus propias experiencias de abuso sexual. Como él era un modelo de valor, dignidad y humildad, así como de franqueza, hizo posible que algunos de los terapeutas presentes, a su vez víctimas de incesto, adquirieran una mayor comprensión de la persona que los había violado. Dejamos de interactuar como profesionales y nos convertimos, en cambio, en expertos; recurrimos a nuestra experiencia en la lucha para comprender este problema humano. Esa comprensión, cuando se logra, lleva con el tiempo al perdón. Y el perdón es el paso final de nuestra curación. Mediante el perdón somos perdonados.
Esa frase del Padrenuestro que dice: “…perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”, adquiere un nuevo significado si uno amplía su perspectiva para incluir las muchas dimensiones de sí mismo, expresadas a lo largo de muchas vidas. Recordemos a Jerry, el niñito que fue la víctima, y a Jerry ya hombre, camino a convertirse en el violador. Sin duda ambos papeles, el de víctima y perpetrador, existen también dentro de nosotros, cuando analizamos nuestra evolución a lo largo de muchísimas vidas. A fin de curar por completo debemos reconocer, por fin, que no somos tan diferentes de nuestro enemigo , después de todo. Y entonces, como nuestro enemigo representa es parte hasta allí inadmisible de nosotros mismos, la parte que hemos venido a curar, debemos aceptar o amar a ese enemigo, que nos ha ayudado a reconciliarnos con nuestro ser o alma.
George Stevens, el reverenciado director cinematográfico, dijo que, mientras se preparaba para hacer la película El diario de Ana Frank, debió primero reconocer planamente al nazi que llevaba adentro. Así debemos todos, diariamente, reconocer en nosotros al nazi, el asesino, el adúltero, el mentiroso, el falsario y el ladrón. Mientras no lo hagamos nos encontraremos con ellos afuera, una y otra vez.
Nuestro propio resentimiento, la amargura, el odio que sentimos hacia el que percibimos como enemigo y los males que deseamos a esa persona, todo eso constituye configuraciones del mal más potentes que cuanto ocurre en el plano físico. Para que se nos perdone el daño que hemos causado debemos perdonar todo el daño que nos han hecho. Es decir: debemos devolver bien por mal. En el acto mismo de perdonar se purifica nuestra aura y se eleva nuestra vibración.
En el Nuevo Testamento se nos dice que debemos perdonar, no una ni varias veces, sino “setenta veces siete”. En otras palabras, debemos perdonar interminablemente y sin reservas. Tal vez aún no comprendamos conscientemente en qué deuda hemos incurrido que haga necesario nuestro perdón, pero la resonancia morfogenética (el karma en acción) garantiza que atraeremos, no sólo nuestras lecciones, sino nuestras deudas y la oportunidad de pagarlas. Y cuando aparezca, el que podamos saldarlas de modo rápido e indoloro depende mucho de nuestra actitud.
(...)
Las relaciones humanas significativas se deben a cualquier cosa, menos al azar. Cuando nos encontramos y establecemos lazos mutuos, no es sin una causa asignable. Aun cuando esta causa no sea reconocida y comprendida, allí está, operando como la equilibrante Ley del Karma.
El único “atajo” que he descubierto a través del karma es el perdón. Mediante el sencillo deseo de perdonar, toda nuestra situación se eleva a un plano superior que ese en el que opera la Ley del Karma. Ingresamos en un nivel donde ya no atraemos más dificultades y traumas similares mediante la resonancia. Entramos en el reino de la Gracia.
Y así, según realizamos las tareas grandes y pequeñas de cada encarnación, llenando meticulosamente cada espacio en el vasto mapa de nuestro viaje evolutivo, es el amor y el perdón los que, en definitiva, impregnan nuestra tela, cada vez más colorida, de una luz blanca y pura.
Robin Norwood
Fuente: ¿Por qué a mi ?, ¿por qué esto?, ¿por qué ahora?
Contribución:
Sandra Riolobos
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