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Llega un día en el que comprende que el amor que buscaba en nombre de los mil y un rostros anhelados y emocionantes estaba dentro de sí mismo. Por fin comienza a vislumbrar los frutos de un nuevo tipo de amor: aquel que brota de "dentro afuera" y se derrama con alegría hacia los seres del entorno. Se trata de un amor que no precisa de la llegada de la persona ideal que lo desencadene, sino que nace de la propia y más honda esencia del sujeto, que lo vive en conexión con la vida del mundo.
Aprende a discernir entre amor y pasión, y sabe que cuando se envuelve en una complicidad sexual y emocional, que anteriormente "vivenciaba" como amor de todo corazón, debe dejarla en suspenso.
Pronto comprueba que lo que viene denominado "amor" se basa en realidad en un paquete de deseos alimentado por todo un abanico de satisfacciones provenientes de aquel en quien se vierte ese sentimiento.
En el fondo, se da cuenta de que esta experiencia, más que hablar de amor, indica que se trata de complacencias sutiles, y no tan sutiles, hacia formas de ser bien envueltas en romance por parte de la "persona amada".
Pronto termina por reconocer que en el instante en que la conducta de dicha persona amada se "salga de la foto", por poco que sea, y haga o diga aquello que le molesta o no le satisface, como lo hacía antes, no tardará en dejar de "quererla" e incluso la llegará a rechazar.
¿Qué clase de amor era ese que precisaba de conductas manipuladas para sentirse bien?
Sin duda el "impar" se da cuenta de la diferencia entre el amor y la pasión. Constata que será mejor vivir tanto intensas relaciones como pasión y romance, es decir, episodios de relación que engloban todos esos sentimientos y deseos que, en su versión más elevada, calientan el corazón y proporcionan explosiones de comunión y entrega.
El impar sabe que cada relación que inicia, por peculiar que está sea, aprende de sí mismo, observa con mayor atención y toma conciencia de los vericuetos que es capaz de recorrer su propia personalidad. Sabe asimismo que no debe aferrarse y que cada relación que viva, acabe como acabe, será una oportunidad de conocer su propio ser y de poder ofrecer, aunque sea de forma progresiva, lo más bonito y tierno de sí mismo.
Sin embargo, ya no llama AMOR con mayúsculas a ese amasijo de deseos y sentimientos transitorios y condicionados. Empieza a concebir el amor como un estado de conciencia en el que sentirse pleno de una honda alegría de ser y vivir, una alegría que brota desde sí mismo por el hecho de saberse progresivamente más consciente.
Siente una paz menos expuesta a las vueltas de ese camino mayor que llena de sentido su vida y que sin duda lo va a conducir al despertar a través de la vivencia cada vez más plena del momento presente. Su mente comienza a no hacer tantos planes de lo feliz que va a ser en el futuro cuando lleguen las promesas que su mente ha fabricado. Sin embargo, y aunque comienza a vivirse en el presente, se forja objetivos, porque sabe que su mente precisa de un propósito y de la consiguiente diversidad de metas que le permiten canalizar su energía de acción.
José Maria Doria Hablo de ti
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