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Inspiración

"Si puedes corregirte a ti mismo, ¿qué problemas te plantearía el liderazgo? Sin embargo, si no puedes corregirte a ti mismo: ¿qué puedes hacer para corregir a los demás?."

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miércoles, 07 de abril de 2004
Enseñanza 320 del Libro de la Vida Verdadera
Bienaventurado sea el linaje humano por haber tenido en la Tierra la presencia humanizada de su Señor.
Dichoso el género humano, por haber recibido aquella herencia de amor.
Recordad aquel día en que por amor a vosotros como hombre expire en la cruz; recordad mi pasión, si, pero dejad de hacerlo en la forma tradicional que por siglos habéis acostumbrado, forma exterior y material que no ha dejado simiente en vuestro espíritu, porque no habéis profundizado en busca del sentido y de la esencia. Yo veo que para conmover vuestro corazón, dramatizáis con representaciones e imágenes sangrientas mi muerte; que lloráis y vestís de luto como si acabase de morir un hombre y que cada año, vais a dar pésame a la Madre, sin daros cuenta de lo que hacéis.
Por qué darle pésame a María, si ella a nadie ha perdido, ya que quien expiró en la cruz, resucito a la vida eterna?
Por que llorar por Mí, si Yo estoy mas allá del dolor y de la muerte.
De cierto os digo, que mejor debieseis llorar por vosotros y sentir tristeza por vuestros pecados, y llevar luto en vuestro corazón por tantas virtudes y sentimientos nobles que han muerto en vosotros.
Hoy tenéis mi palabra, manifestando la misma y única esencia que en todos los tiempos os he entregado: el amor. Los principios en que se funda mi Ley y mi Doctrina son inmutables y eternos.
Hoy vengo en espíritu a manifestar mi verdad y mi presencia por medio de la luz divina, como en aquel Segundo Tiempo encarne mi Verbo en Jesús, para revelaros mi verdad a través de la palabra y sellarla con sangre.
Era necesario llegar hasta los hombres, convivir con ellos, dejarse sentir y mirar según ellos ven y sienten, para darles pruebas del amor infinito que hacia los hombres siente mi Espíritu.
Yo Cristo, a través de Jesús, el hombre, manifesté la gloria del Padre su sabiduría y su poder. El poder fue empleado para obrar prodigios en bien de los necesitados de fe en el espíritu, de luz en el entendimiento y de paz en el corazón. Ese poder, que es la misma fuerza del amor, fue derramado sobre los necesitados, para darse integro a los demás, a tal punto que no lo emplee para mi propio cuerpo, que también lo necesitaba
a la hora suprema.
Yo no quise hacer uso de mi poder para evitar el intenso sufrimiento de mi cuerpo, porque al hacerme hombre fue con el fin de padecer por vosotros dandoos una prueba palpable, divina y humana de mi infinito amor y mi piedad por los pequeños, por los necesitados, por los pecadores.
Todo el poder que manifesté para los demás, lo mismo al limpiar un leproso, al darle luz al ciego y el movimiento al paralítico, que al convertir a los pecadores y resucitar a los muertos; toda la potestad que manifesté delante de las turbas, para darles pruebas de mi verdad, ya probándoles mi autoridad sobre los elementos y mi potestad sobre la vida y la muerte, no quise siquiera emplearla para conmigo, dejando que mi cuerpo viviera aquella pasión y sintiera aquel dolor. Cierto es que mi poder habría evitado todo
dolor a mi cuerpo, pero que mérito hubiese tenido ante vosotros?
Que ejemplo habría dejado Yo al alcance del hombre, si hubiese hecho uso de mi poder para evitarme el dolor?
Era preciso despojarme de mi poder en aquellos instantes, renunciar a la fuerza divina para sentir y vivir el dolor de la carne, la tristeza ante la ingratitud, la soledad, la agonía y la muerte.
Por eso los labios de Jesús pidieron ayuda en la hora suprema, porque su dolor era real, mas no era tan solo dolor físico el que agobiaba al cuerpo febril y exhausto de Jesús, era también la sensación espiritual de un Dios que a través de ese cuerpo era vejado y escarnecido por los hijos ciegos, ingratos y soberbios, por quienes estaba dando aquella sangre.
Jesús era fuerte por el espíritu que lo animaba, que era el Espíritu Divino y podía haber sido físicamente insensible al dolor e invencible ante las pruebas de sus perseguidores; pero era necesario que llorase, que sintiese, que ante los ojos de la multitud cayese una vez tras otra, agotadas las fuerzas de su materia y que muriese cuando de su cuerpo se hubiese escapado la ultima gota de sangre.
Así quedo cumplida mi misión en la Tierra. Así termino la existencia en el mundo de Aquel a quien días antes había proclamado Rey el pueblo, precisamente al entrar en Jerusalén. Los mismos que me habían recibido fueron a acompañarme al Calvario y muchos que habían cantado: Hosanna! Hosanna!, después fueron a gritar:
¡ Crucificadle ! Crucificadle! Pero también muchos que me recibieron en su corazón preparado con amor y con fe, me siguieron fielmente hasta el ultimo instante, dejando caer sus lagrimas sobre la huella de sangre que iba dejando su Maestro. Para los que me miraron con la luz de su espíritu, fui el mismo Dios hecho hombre; para quienes solo me vieron a través de sus sentidos, no fue la verdad, ya que mi muerte en cuanto hombre les confundió haciéndoles sentirse defraudados. Estos fueron lo que se burlaron, lo que se llamaron engañados, recordando la vehemencia con la que Jesús les prometía un Reino lleno de goces, mas ahora, viéndole doblegado bajo el peso de la cruz y más tarde sujeto a una cruz humillante, no pudieron menos que reír y vociferar que Jesús era un falso profeta que no merecía vivir. Pobres ignorantes de entendimiento, pobres espíritus materializados que se confundían ante sus propias conjeturas:
"Si es el Hijo de Dios... ¿Por qué no ha sido salvado de las manos de sus opresores y verdugos? Si en su voz y en su diestra esta el poder, por que se quejo en la cruz
de haber sido abandonado? Si Él es la vida, el que resucitaba a los muertos... ¿por qué murrio a manos
de insignificantes hombres? "
No era tiempo aun de que la luz llegase al espíritu de aquellas criaturas.
Todavía tendrían que caminar por el sendero de la vida para llegar a comprender la divina verdad de mi dolor y de mi muerte.
En cambio, quienes me amaron con el espíritu, no tuvieron un instante de confusión ni de duda, y mientras más veían padecer a su Señor, mayor era su admiración ante aquellas pruebas de amor infinito, de justicia y sabiduría perfectísimas.

Tercer Testamento.
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