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jueves, 19 de abril de 2007 |
El perdón es el regalo que obtenemos por habernos liberado de nuestro dolor.
El perdón no es algo que se logre con simples palabras. El perdón, al final de cuentas, es un fenómeno biológico. Es cuando nuestro cuerpo ya no siente la guerra interior de antes, ya no siente la rabia y los deseos profundos de venganza de antes. Cuando nuestro cuerpo se ha vuelto a sentir bien y en paz consigo mismo, ahí se ha producido el perdón.
Pero hay una definición muy común del perdón que pienso es muy destructiva y hace crónico el dolor por las heridas recibidas. Es la idea del perdón que dice de que hay que olvidar el daño que nos hicieron y "dar vuelta la hoja y aquí no ha pasado nada". Esto no es perdón. Es un intento de negar la verdad del daño y dolor causado.
Y esta negación de la verdad no puede conducir a otra cosa que a la enfermedad o violencia y a la repetición crónica de la misma historia trágica. El verdadero perdón tiene que ver con el atreverse a mirar y sentir la verdad tal cual esta es. Ya alguien lo dijo..." la verdad os hará libres ".
El perdón real es el resultado de un proceso de sanación interior. Y al igual que la felicidad no es algo que podamos obtener en forma directa, sino que son el resultado de ciertas acciones que hay que hacer.
Mientras tengamos una fuerte cantidad de dolor dentro de nosotros por el daño que nos han hecho, no tiene sentido el decir que hemos perdonado. Porque esto lo podemos decir con el lenguaje, pero el cuerpo nos dirá con su propio idioma de que esto es una mentira.
No hay duda de que el perdón es un valor moral muy alto y que las personas ganan una mejor calidad de vida al perdonarse, pero a la vez es muy importante de que empezemos a hablar y a diferenciar el perdón real del falso.
Porque cuando el perdón es falso no hacemos otra cosa que auto-condenarnos a que la historia trágica tengamos que vivirla una y otra vez con diferentes personas y lugares.
Debemos entender de que las palabras y los discursos sobre el perdón no tienen mucho sentido, la realidad del perdón se vive en el sentir las emociones dolorosas en lo profundo de nuestros cuerpos.
Quizas por aquí está una de las claves del porqué las guerras se repiten una y otra vez a pesar de todas las grandes ceremonias donde se firman pomposos papeles y se promete por el nombre de dios de que nunca más se le hará daño al hermano. Palabras-palabras-palabras.
En vez de tantas leyes-tratados y otros miles de papeles inútiles, lo que realmente necesitamos son seres humanos sanos que puedan sentir todas sus emociones, desde el éxtasis al dolor. Porque el sentir las propias emociones es la mejor prevención para la guerra, sea personal o colectiva.
El desarrollo de una conciencia superior es un requisito fundamental para el logro del perdón real, aquel que libera. Una nueva conciencia que permita abarcar todo lo que aconteció, y que a la vez nos permita recuperar la dimensión del futuro. Porque esta es una de las señales claras del perdón real, de que nuevamente hemos empesado a soñar con un futuro ideal. Otra vez creemos en la Utopia, pero ahora con toda la sabiduria que la experiencia y el dolor nos han dado.
Cuando el perdón es real, el pasado se vuelve en un instrumento, en una verdadera biblioteca llena de información y sabiduria desde donde podemos sacar inspiración y coraje cada vez que lo necesitemos.
Pero el perdón falso, cuando el dolor todavía está por dentro, nos condena a vivir todos nuestros días presentes como verdaderos esclavos de ese ayer.
El perdón real, el que nace del enfrentarze a la verdad, nos eleva a un estado de conciencia superior.
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