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Tíbet mágico PDF Imprimir E-Mail
jueves, 24 de mayo de 2007

Cerca de las fuentes del río Amarillo, en la vertiente oriental de los montes Kuen-Lun, al norte del Tíbet, la incansable viajera Alexandra David-Neel conoció, a principios del siglo XX, a un monje que le contó los hechos sorprendentes acaecidos durante su iniciación.
Se hallaba ante la ermita de su maestro -cuya puerta estaba cerrada, tal y como exige el rito- cuando le oyó evocar a Heruka, una de las poderosas y temibles deidades protectoras que representa el samsara, la rueda de los renacimientos. Entonces vio «una bruma que salía lentamente de la puerta y se convertía en un gigantesco Heruka, desnudo y coronado por collares hechos con calaveras». Retrocedió espantado, perseguido por el fantasma, y en su carrera penetró en un barranco. «Pensé que había llegado mi última hora y esa reflexión me hizo recobrar la calma y alejó a aquel terrible ser. Medité sobre la interminable rueda de renacimientos que me esperaban si renunciaba a la iniciación por miedo y, ante la terrible perspectiva, decidí volver con mi maestro.
 

GEOGRAFÍA MÁGICA


Se hallaba ante la ermita de su maestro -cuya puerta estaba cerrada, tal y como exige el rito- cuando le oyó evocar a Heruka, una de las poderosas y temibles deidades protectoras que representa el samsara, la rueda de los renacimientos. Entonces vio «una bruma que salía lentamente de la puerta y se convertía en un gigantesco Heruka, desnudo y coronado por collares hechos con calaveras». Retrocedió espantado, perseguido por el fantasma, y en su carrera penetró en un barranco. «Pensé que había llegado mi última hora y esa reflexión me hizo recobrar la calma y alejó a aquel terrible ser. Medité sobre la interminable rueda de renacimientos que me esperaban si renunciaba a la iniciación por miedo y, ante la terrible perspectiva, decidí volver con mi maestro. Entretanto, Heruka se había situado ante la puerta de la ermita. Corrí hacia él, lo atravesé, sentí un fuerte golpe en la frente y acabé en el interior de la choza, a los pies del maestro». ¿De dónde salió el Heruka que asustó al lama? ¿Se trataba de un ser real o era una proyección ilusoria producida por los pensamientos del maestro o del discípulo? Para conocer la respuesta es preciso adentrarnos en las ceremonias esotéricas de iniciación del budismo tibetano.

El Tíbet ha sido, y sigue siendo -pese a la represión ejercida por el comunismo chino-, la región de Asia Central donde misticismo, magia y sucesos prodigiosos se han unido más indefectiblemente. La razón se encuentra en que el budismo lamaísta y tántrico que llegó al Tíbet en los siglos VII y VIII tuvo que adoptar, para sobrevivir, numerosos rituales y dioses del primitivo culto bön, una religión animista y saturada de magia. Sus oficiantes invocaban a los dioses de la naturaleza o a las estrellas, pero también a los demonios del inframundo, a quienes ofrecían sacrificios animales y humanos para conseguir poderes extraordinarios, así como la inmortalidad.

Tantrismo y magia bön
Padmasambhava, un sabio tántrico indio que viajó al Tíbet, fue quien adaptó al budismo los rituales y las terroríficas deidades bön, convirtiéndolas en protectoras. El tantrismo compartía con el culto bön la creencia en que la energía, de un dios puede emanar de él y hacerse realidad en lugares, objetos o seres humanos. Esta teoría impregna todas las ceremonias iniciáticas del lamaísmo, que, de hecho, son herederas directas de uno de los rituales bön más primitivos, consistente en colocar al devoto bajo la tutela de diversos demonios protectores, haciéndole entrar en un círculo mágico o kyilkhor, cargado de la energía de estos seres sobrenaturales. También los magos bön -que tienen su propia jerarquía y que hasta la invasión china conservaron sus monasterios, ocultos la mayoría en las montañas del noroeste de Tíbet- tomaron del budismo la iconografía y la expresión artística de las que antes carecían y se hicieron llamar lamas. En la actualidad, magos y lamas aún se reparten la devoción de los tibetanos. Los habitantes de esta vasta y rocosa meseta son sumamente supersticiosos y atribuyen a la acción de hechiceros o demonios todo tipo de fenómenos y calamidades, desde las meteorológicas a las enfermedades. Por eso suelen acudir a los lamas, magos o ascetas, en busca de rituales que les proporcionen protección y favores, materiales o espirituales. Según los lamas, las ceremonias de iniciación celebradas con estos fines se dividen en tres tipos: exotéricas, esotéricas y místicas. Hay angkurs exotéricos muy simples, basados en la creencia de que se produce una transmisión de fluido bienhechor entre el lama y los devotos (por ejemplo, basta tocar las cintas del Dalai Lama para beneficiarse de su energía). Durante los oficios, los asistentes son ungidos con agua, aceite e incienso, se les ata una cinta al brazo o se les pone un pañuelo al cuello. Así se aseguran una vida próspera, larga y exenta de enfermedad, y también el renacimiento en el paraíso. Todo ello choca con la doctrina budista ortodoxa, según la cual la fe en la eficacia de los ritos religiosos impide al hombre alcanzar la salvación. Pero los lamas salvan esta contradicción aduciendo que los ritos no tienen más sentido que el de una especie de terapia psíquica.

Sin embargo, ciertas iniciaciones esotéricas se asemejan más a prácticas de hechicería que a una simple catarsis colectiva. Algunas ponen al devoto en relación con unas diosas que son maestras de ciencias mágicas y doctrinas místicas, o le confieren el espíritu benevolente necesario para entrar en la vía de la abnegación y del servicio desinteresado a todos los seres. Pero otras tienen objetivos más prosaicos, incluso terroríficos. Es el caso de los dubthabs, utilizados por los magos bön para lograr el dominio de seres maléficos, el control del espíritu de los difuntos. Müarepa, un sabio del siglo XI -de quien se dice que llegó a levitar y volar sobre los campos tras largos años de ascetismo y ayuno, pero que fue mago bön antes que místico-, aprendió así a enviar o detener el granizo y a matar a distancia.

Se supone que los diversos resultados de los dubthabs se producen gracias a unas divinidades que conceden su ayuda a quien las venera adecuadamente. Invocadas desde hace siglos por millones de creyentes y, debido a los innumerables pensamientos concentrados en ellas, estas deidades podrían adquirir una existencia real, según el ocultismo tibetano. El procedimiento consiste en proyectar las imágenes de estos dioses y visualizar los cambios que experimentan en el curso del complicado ritual. El devoto se pone así en contacto con una energía muy superior a la que podría generar por sus propios medios, aunque corre un gran peligro, ya que, si le falta habilidad, podría morir a manos de las terroríficas deidades evocadas.

Los lamaístas consideran que la liberación del samsara (la rueda de reencarnaciones) exige un gran entrenamiento psíquico. El conocimiento de los textos budistas es necesario, pero no sirve sin la experiencia directa aportada por el método (dam ngag). Éste es transmitido en privado y de forma oral por los maestros a los discípulos, durante ceremonias esotéricas de iniciación. En ellas se reciben indicaciones sobre cómo practicar meditación, respiración o yoga, y sobre el arte de preparar medicamentos, realizar rituales o adquirir habilidades extraordinarias. Entre estas últimas destaca la meditación para desarrollar calor interno (tummo), con la cual los monjes resisten temperaturas bajo cero y pueden incluso secar, de noche y a la intemperie, sus mantos mojados por la nieve. Otras técnicas les permiten levitar, caminar sobre el fuego, cubrir rápidamente largas distancias sin comer ni descansar, ver y oír a distancia, vivir cientos de años, resucitar a los muertos, etc. Todas las ceremonias requieren del aspirante una voluntad férrea y una mente tranquila, capaz de dominar inclinaciones naturales y apetitos momentáneos. De no ser así ¿cómo podrían entregarse a rituales tántricos como el chod? Éste, que ha sufrido la influencia de ritos bön en los que los magos se revuelcan desnudos en la sangre de un cadáver descuartizado para obtener una larga vida, lleva a los monjes a cementerios o lugares desiertos donde entregan su cuerpo a las terribles deidades invocadas para que les despedacen y devoren sus entrarías. Si al final de este banquete el lama no ha muerto de terror, el rito le permitirá triunfar sobre la ilusión creada por el mundo de las formas. Pero si es invadido por el miedo puede perder su estabilidad psíquica o hallar la muerte.

Por otra parte, las ceremonias de iniciación mística más secretas celebradas entre maestro y discípulo se basan en una meditación sobre los yidam -emanaciones energéticas de seres superiores- las cuales permiten al aspirante compartir las cualidades de las deidades protectoras de su maestro. Éstas se suelen representar bajo dos personalidades, una benigna y otra terrible, preferida esta última para el papel de protector, ya que así asusta a las fuerzas maléficas. En ocasiones --como la que inicia este reportaje- los yidam cobran vida y actúan como seres reales. Existen largos preliminares antes de las iniciaciones con los yidam. Así, como parte del entrenamiento psíquico, maestro y discípulo permanecen separados y aislados; el primero se carga de energía psíquica y el segundo vacía su mente para ser más receptivo a la energía del maestro, el cual, a veces, rechaza al aspirante sin razón alguna, o le envía a otro lama. Si lo acepta, la víspera del rito le anuda al brazo un cordel del que cuelgan briznas de hierba, espigas y otros objetos cargados de energía. Mientras el candidato duerme, suelen operarse transformaciones singulares en esos objetos. Se modifica su color y forma, aumentan o disminuyen e incluso desaparecen del todo. Al día siguiente, el lama deduce de estos signos las disposiciones íntimas del discípulo y su futuro espiritual. Dependiendo del método utilizado para transmitir la enseñanza existen tres clases de maestros: los da-gyud, que enseñan por medio de ademanes y signos; los nien-gyud, que solamente hablan; y los gongs-gyud, que enseñan telepáticamente. Sin embargo, la doctrina lamaísta ortodoxa deja muy claro que, si bien el ritual puede transmitir la facultad de practicar los ejercicios necesarios para alcanzar la iluminación espiritual, hacerse verdaderamente libre sólo puede ser fruto de una experiencia mística intransmisible.

http://62.81. 205.108/Paginasa sp/Contenidosecc iones.asp? ID=410&Nombre=GEOGRAFÍ A%20MÁGICA

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