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Y así hablaba Quetzacóatl a sus hermanos en una plaza de Tollan:Ayer entré en la ciudad de los durmientes, que está emplazada en el Valle de la Vida, rodeada por las Murallas de la Ilusión.Cuando entré por sus puertas, muchos me rodearon y decían:Háblanos de tu mundo. Aquél que se extiende más allá de nuestras noches, donde hay una Luz que lo ilumina todo desde adentro.Nos han dicho que allí no existe la oscuridad, ni tan siquiera en las cuevas mas profundas, y que puedes mirar hacia adentro como aquí miramos hacia afuera.Y muchos eran los que seguían saltando a mi lado. Después me dirigí a una plaza y allí me senté rodeado de todos. Y así les decía:Hermanos de esta parte, donde existe la noche. Ustedes aún necesitan de la noche para comprender al día, y de la oscuridad para sentir la Luz. Mas llegarán tiempos en que sepan su valor y, entonces, vivirán eternamente rodeados de Ella.
Aún necesitan del odio para comprender el Amor y de las luchas para saber el valor de la Paz. Y de los tropiezos para que, día a día, se levanten. Sepan que vengo a visitarlos y muchas cosas les traigo de aquella parte. Muchos de ustedes, nada más de oírme, me harán un espacio en sus corazones y encenderán una llama en sus almas, y otros despertarán vientos que la apaguen. Estos últimos al quererme desterrar, se estarán desterrando y al quererme herir, se estarán hiriendo. Porque no soy sino la voz de su propia Luz y no pretendo sino llamarla a iluminar. Fue hasta un corro de niños que jugaban y dijo a los que le seguían: Miren, afinen sus oídos y sientan alegría porque ese jolgorio de los niños cuando juegan es la mejor música que puede dar la Tierra. A los oídos del Cielo suena más bellamente que las delicadas notas de las calandrias y que el canto alegre de los jilgueros.
Es el canto de la inocencia, y si se fijan, verán que ellos viven en otro Plano, donde los árboles aún hablan, los pajarillos les hablan, y hasta las mariposas y las calles y los muros de las calles aún les hablan.
No corten sus notas con sus palabras. No rompan sus juegos con sus egoísmos. No dejen que se rompan sus sueños.
De verdad les digo que el día en que el hombre no tenga que dejar su infancia y la pueda prolongar durante toda su vida, el mundo empezará a ser un Paraíso.
¡Cuántos la han dejado olvidada en una calle, en una plaza, en un árbol, o en un jardín!
¡Cuántos la dejaron dormida bajo un juguete o una flor! ¡Cuántos no la han conocido porque no les dejaron tenerla y, ahora, a la vuelta de los años van por el mundo como vagabundos solitarios buscándola en cada esquina del Tiempo!
Sepan que es delicada como los pétalos de una flor y una simple palabra la puede matar.
Velen pues por los niños, sientan por ellos, cuiden de ellos, porque ¡ay del jardín que no cuida los nuevos retoños!, ¡ay del árbol que no cuida sus futuras semillas!
DEL LIBRO: ASÍ HABLABA QUETZACOATL POR: CAIATL ACOTL
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