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ETICA Y LA VERDADERA VOCACIÓN DE SERVIR PDF Imprimir E-Mail
lunes, 24 de mayo de 2004
Si necesitamos sentarnos a reflexionar juntos acerca de la ética, significa que percibimos su ausencia, que deseamos que reaparezca y que los dirigentes políticos nos representen al ejercerla.
Relacionar la ética con la política obliga a los dirigentes a formularse preguntas de esencia y sentido, vinculadas al ser político: -Quién soy Yo- -Para qué estoy aquí- -Cuál es mi responsabilidad en esta vida-. El rol político que decidieron asumir en sus vidas les plantea una cuestión de identidad, pues los transforma en hombres y mujeres públicos. De hecho eligen un modo de vivir que –lo deseen o no- los une entrañablemente a la vida y al destino de aquellos a quienes les toca dirigir. Si bien en todo ciudadano hay una necesidad de integrar lo individual y lo social, en los dirigentes políticos esa necesidad es una responsabilidad: sus conductas personal y pública deben ser un ejemplo de la integración de estos niveles.

El primer nivel ético del político es ser conciente de que él forma parte del mismo grupo humano que dirige. El no está separado del resto de la sociedad. Por lo tanto, debe desechar la creencia de que el Poder político está en sus manos o en las de otros dirigentes. El poder descansa en la totalidad de la comunidad. El dirigente debe reconocerse apenas como la cabeza visible de esa comunidad, de ese poder. Cuando esto no ocurre, el sufrimiento de esta sociedad resulta inevitable.
En casi todo el mundo, quienes detentan el poder político están separados de sus comunidades. El último siglo vio pasar todo tipo de sistemas de gobierno: monarquía, dictadura, colonialismo, imperialismo, fascismo, socialismo, comunismo y diversos tipos de democracia, hasta llegar a su actual forma neoliberalismo dependiente del mercado. Hasta el presente, ninguno ha demostrado ser equitativo, justo, ni sirvió a los fines esenciales de una sociedad organizada: favorecer por sobre todas las cosas el bien común.

El dirigente, el hombre singular, el que en la intimidad se pregunta sobre la identidad como político, necesita comprender que la política es una actividad de servicio, no de poder, como parece serlo en la práctica. El político olvida que está al servicio del pueblo, que tiene y le dio el poder de representarlo, y elige de amo a una ideología (aparecen los bandos), a un partido (intereses propios de un grupo) o, como es usual actualmente, a intereses comerciales (poder económico). En todos estos, en verdad, es un servidor de sí mismo (individualismo a secas).

Cuando hablamos de verdadera democracia, el dirigente político recibe del pueblo el mandato, no el poder. Al detentar, entonces, un poder ilegítimo se genera una escisión entre él y quienes lo eligieron. El creciente desinterés y desconfianza de los ciudadanos por la actividad política da el tiro final sobre la democracia. La frase “no hay verdadera democracia sin participación social” está diciendo que ese poder es intransferible.

La primera tentación es echarle toda la culpa a los políticos y decir que tienen que ser más éticos. La responsabilidad mayor recae sobre el hombre político, pero si queremos hablar de ética también debemos preguntarnos: -Por qué algunos ciudadanos eligen ser gobernados-. La falta de ética nos alcanza a todos.

Vivimos un momento histórico, cargado de cambios y contradicciones. Todavía existe un mundo injusto, con hambres y guerras y, al mismo tiempo, aparecen nuevos paradigmas de vida. La conciencia del hombre se expande. Los adelantos tecnológicos, las alianzas comerciales, los tratados multinacionales, la caída de barreras que algunas décadas atrás era impensable, nos hablan de que estas tendencias opuestas tienden a equilibrarse en dirección a ese tipo de unión hoy conocido como globalización. Este es nuestro verdadero desafío, transformar un mundo separado, enfrentado, desigual, que genera cultura bélica, en otro capaz de reunirnos como seres humanos. Desde la ética personal del político esta transformación significa asumir un lugar de servidor.

Recuperar la unidad dentro de la sociedad, tal es la tarea esencial del político. Mientras les dé más importancia a sus intereses personales o de grupo en contra de los intereses del resto, sólo logrará descomposición, lo que inexorablemente lo llevará a un quiebre entre sus respuestas individuales y las que espera de él la comunidad que lo apoya –o sea la pérdida de la ética-.

Esa corrupción que nace ahí, crece y se convierte en cultura al ser convalidada socialmente.

-Cómo generar conciencia de unidad-, -Cuál es la salida- nos preguntaríamos. Si miramos con atención, en los últimos tiempos se ve un extraño fenómeno; la proliferación en todos los medios y niveles sociales, de grupos de búsqueda de un sentido más integrativo de la vida. Desde el seno mismo de la sociedad emerge una necesidad por llevar a la práctica las cuestiones del espíritu.

Los políticos –o sus asesores- hoy deben comenzar a percibir este aspecto esencial. Sin espíritu no se puede hablar de ser humano. No bastan medidas económicas o legislativas, ni siquiera la buena voluntad de algunos gobiernos dispuestos a crear; nos referimos a un proceso diferente; al de recuperar esa esencia espiritual en la cosa pública.

No habrá cambio en lo global si primero no ayudamos a transformarse a los políticos. Si el dirigente es el hombre o la mujer que capta e instrumenta las aspiraciones mas elevadas de la sociedad –o de sus representados-, es hora de que escuchen este clamor. Y para ello debe reunir dentro de sí mismo esas preguntas básicas: -Quién soy-, -Para qué estoy aquí-. Sus respuestas son la única garantía para que haya paz. Estar atentos a los poderes que emergen de la comunidad, ponerse al servicio de ellos, y ayudar a los niños a crecer para convertirse en ciudadanos de un planeta unido son, a mi entender, los dos primeros pasos para recuperar la ética perdida.
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