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LA ESPIRAL DE LA CONCIENCIA
miércoles, 05 de marzo de 2008
En el aquí y ahora de la humanidad el Desarrollo Humano-Transpersonal, contemplado como un camino promotor del proceso evolutivo de la conciencia hacia la trascendencia cobra especial importancia debido, principalmente, al sinnúmero de cambios que enfrenta la sociedad humana contemporánea. El ritmo acelerado de los descubrimientos en el campo de la ciencia y de la tecnología, así como las transformaciones que estos traen consigo, sin duda han aportado grandes beneficios a la humanidad pero, a la vez, la han conducido a la deshumanización y a la pérdida de los valores fundamentales, fenómeno éste que presenta cada día una mayor complejidad por su carácter multidimensional.Hoy en día se observa en un número creciente de personas y grupos el resurgimiento de un interés por comprender el complejo fenómeno humano a partir de una concepción integradora que trascienda las fronteras entre creencias diversas, verdades parciales, conceptos y teorías de disciplinas y corrientes que, al aferrarse a paradigmas limitados con el objeto de explicar y definir la naturaleza de el ser humano no hacen sino reducir lo que es irreductible, separar lo que es inseparable y polarizar lo que constituye una unidad.Ante esta realidad, el enfoque humanista-transpersonal sostiene que aun existe la esperanza de una nueva etapa en la evolución de la conciencia humana que se "traduzca en una transformación importante en el conocimiento, en la cultura, en la ciencia y en las estructuras sociales" . Esta corriente retoma e integra los puntos convergentes de diversas disciplinas y corrientes que estudian al hombre, abriendo con ello caminos alternativos a nuevas elaboraciones filosóficas, psicológicas, pedagógicas, científicas y espirituales. Desde esta perspectiva, la propuesta que la Espiral de la Conciencia plantea encuentra en Teilhard de Chardin y en Ken Wilber una fuente inspiradora y fecunda que aporta fundamentos significativos para llegar a una comprensión más amplia, integradora y justa de esta obra de arte original: el ser humana, así como para promover el proceso de desarrollo del infinito potencial propio de su naturaleza, la expansión de la conciencia hasta sus alcances más remotos y la valoración de la experiencia humana en toda su gama de posibilidades. La visión antropofilosófica teilhardiana y wilberiana se deriva de una cosmovisión particular que ambos comparten al referirse al cosmos como una unidad totalizada que se encuentra, desde el principio de los tiempos, en un proceso irreversible de unificación. Ambos pensadores se pronuncian por un universo en génesis que, a lo largo del tiempo, se va constituyendo en lo que debe ser a través de un proceso en el cual los elementos más perfectos del mundo se van formando en medio de los menos evolucionados y a partir de los estados inferiores de la existencia. A lo largo de este proceso que responde a la ley teilhardiana de la centro-complejidad-conciencia todas las cosas y los seres vivos se desplazan conjuntamente en un espacio-tiempo en el que la realidad, en constante movimiento se va tornando más y más centrada, compleja y consciente, alcanzando así niveles superiores de interiorización (conciencia) cada vez más inclusivos, más ordenados, siempre constituyendo redes más amplias y más profundas, hasta llegar a la conciencia refleja que distingue el ser humano del resto de los seres vivos, característica ésta que le permite acceder a niveles más complejos, más centrados y más conscientes que se dirigen hacia el Omega: Centro cósmico universal, Polo superior de humanización y personalización que actúa como el imán que atrae a todos los holones, desde los más simples hasta los más complejos. Constituye el Omega de todos los omegas, el Final de todos los finales, la disolución de la dualidad.De esta visión de cosmogénesis se desprende la propuesta antropo-filosófica en la que la Espiral de la Conciencia sienta sus bases. Para Teilhard, el tránsito de lo difuso (biosfera) a lo reflexivo (noosfera) consiste en el surgimiento, en el corazón del individuo, de un núcleo o foco centrado, en otras palabras, de un ego de orden personal que marca una serie de nuevos fenómenos en las fases progresivas subsecuentes de la Centrogénesis. El salto de la vida biológica a la hominización se debe al fenómeno psíquico de la reflexión que permite al hombre replegarse sobre el sí mismo que aparece en su conciencia. Es decir, el hombre se sabe y sabe que sabe. Teilhard se refiere a este salto cuántico en el proceso evolutivo del cosmos diciendo: "Con la aparición del hombre, no sólo el cosmos florece en él, sino que la vida alcanza un estado nuevo, o mejor dicho, una nueva naturaleza. El hombre es en sí un ser en proceso, un ser inacabado que experimenta una gran pasión por crecer, por ser más; un hambre insaciable por saber, por hacer; una sed infinita de eternidad, de plenitud y un deseo profundo de completarse por medio de algo que lo sea todo. Se alza como la rama principal del árbol de la vida terrestre, se constituye a la vez como centro de perspectiva y centro o elemento de estabilización, de fijación y de construcción del universo. De aquí se desprende que la trascendencia del hombre se encuentre dialécticamente ligada a su inserción en el universo. Como microcosmos, se encuentra en correspondencia y en resonancia con el cosmos entero" . Desde esta perspectiva, el concepto de naturaleza humana que fundamenta la propuesta evolutiva que aquí se plantea, se encuentra integrada por cuatro dimensiones: (a) la biológica que corresponde a la biosfera, (b) la psicológica, que a su vez incluye el mundo racional-mental y el mundo interno, afectivo-emocional, que se ubica en la noosfera, (c) la organísmico-social que se correlaciona con la etapa de planetización planteada por Teilhard, y (d) la espiritual o transpersonal que penetra en el ámbito de la teosfera teilhardiana y de los reinos causales como Wilber se refiere a esta dimensión. Cada una de éstas contiene sus propios elementos (el cuerpo, la mente, el mundo interno de sentimientos, emociones y experiencias personales-sociales y el espíritu), funciones (biológicas, psicológicas, sociales y espirituales), necesidades básicas (físicas, psicológicas, sociales y espirituales -trascendentes), motivaciones (deficitarias, de desarrollo y meta-motivaciones) y valores (auto y altero céntricos, autorrealizantes y trascendentes), así como de las actitudes, comportamientos y modos o maneras de percibirse y de percibir, interpretar, aprehender y comprender la realidad, que de estos se derivan. Estas cuatro dimensiones forman una totalidad unificada inseparable que no puede ser comprendida plenamente fuera del contexto de una totalidad más amplia interconectada e interdependiente. Desde esta óptica, la dimensión biológica constituye la forma más altamente sintética de la materia y la más perfecta y centrada de las partículas cósmicas. La dimensión psicológica, como colectividad pensante y reflexiva, funda un reino nuevo, un todo específico y orgánico en proceso de personalización. La dimensión organísmico-social, como expresión de todos los desenvolvimientos y manifestaciones del espíritu que se hacen presentes en la emergencia de la noosfera, conduce a la transformación creadora de la vida preexistente y, la dimensión transpersonal que integra a la humanidad en su proceso convergente, se dirige hacia una región mucho más amplia, más elevada y, aunque aún inacabada, siempre en vías de ultrahominización, proceso en el cual cada vez descubre con mayor hondura su centro Omega.Teilhard afirma que en la medida en que el ser humano se interroga, se cuestiona, reflexiona, recapacita y opta, con base en el discernimiento, el juicio crítico y la comprensión, ejercita las características humanas que le son propias, distinguiéndose así de todas las demás especies y seres vivos de la naturaleza. El tránsito de la vida animal instintual a la vida humana reflexiva, al que Teilhard se refiere como la hominización, constituye un proceso progresivo continuo que va del instinto al pensamiento. En otros términos, la conciencia humana se desplaza de la hominización a la humanización, de ésta última a la personalización que implica la compenetración con todos los otros centros personales y, de ahí, a la planetización, contemplada como la etapa en la que la conciencia se reconoce, se integra y se unifica, sin confundirse, con el Omega.El enfoque humanista-transpersonal que hemos venido proponiendo a lo largo de los últimos quince años, sostiene que el desarrollo integral de la conciencia consiste en la actualización del potencial innato que se encuentra latente en cada una de las dimensiones que conforman la naturaleza humana . Este proceso integrador, al que diversos teóricos de la psique humana se refieren como: individuación (Jung, 1972); hominización (Freire, & Fiori, 1973), autoactualización (Rogers, 1966), estructura convencional (Loevinger, 1976), personalización (Teilhard de Chardin, 1967c), autorrealización (Maslow, 1982) autoactualización (Rogers, 1966, 1969, 1980) y estructura reflexivo-formal (Wilber, 1994), entre otros, se realiza en la medida en que el individuo va logrando reconocer, aceptar, simbolizar, organizar e integrar en su conciencia individual todos los elementos, características y polaridades que corresponden a su naturaleza. Estos autores coinciden al afirmar que el ser humano, de manera natural, tiende hacia la autorrealización y la trascendencia, y concuerdan al sostener que este proceso se ve afectado cuando la persona al quedarse aferrada a identidades o conceptos limitados de sí mismo, no logra completar el ciclo de identificación-desidentificación propio de cada nivel de desarrollo de la conciencia.La visión transpersonal del desarrollo humano que aquí se presenta, parte de una inquietud personal profunda por trazar nuevos horizontes y un interés específico por integrar en un mismo territorio diversos mapas relacionados con el estudio y la comprensión del complejo fenómeno humano y del desarrollo pleno de sus potencialidades. Esta propuesta se desprende de una consideración especial sobre la importancia que juegan en el proceso de desarrollo humano: la integración de las polaridades, la experiencia pura o experiencia directa, la intencionalidad, la autonomía, el significado, la espiritualidad y la religiosidad, así como en el despertar al yo nuclear, o en otras palabras, a la esencia, aquello que permanece invariable, lo verdaderamente humano. Proceso evolutivo de la concienciaLa Espiral de la Conciencia va más allá de las teorías dualistas, reduccionistas, deterministas, materialistas y aun existencial-humanistas precedentes, abriendo con ello caminos alternativos al estudio, la investigación científica y la comprensión profunda de la conciencia humana y de su proceso natural para lograr la plena realización de sus potencialidades y dinamismos fundamentales. Cabe señalar que, con el objeto de estudiar y comprender el complejo fenómeno humano y así poder explicar su proceso evolutivo, lo que en sí mismo constituye una unidad armónica necesita ser dividido tanto en etapas secuenciales, como en lo que distintos teóricos han llamado: niveles, grados o esferas. Por lo tanto, al analizar cada una de las partes en que se divide al hombre para su estudio ha de tenerse en mente que: (a) éstas no constituyen bloques separados sino procesos continuos en los que la etapa anterior se integra a la siguiente ampliando lo ya existente, (b) no se trata de etiquetas que puedan aplicarse directamente a todos los individuos por igual y (c) no se presentan como una teoría cerrada y rígida sino que permanecen abiertas a nuevas propuestas y a nuevos descubrimientos sobre el fenómeno humano que, por su naturaleza dinámica, es indefinible, impredecible y trascendente. Cada una de las esferas de conciencia tiene una relación estrecha con las etapas del proceso evolutivo, es decir, corresponde a una edad específica. Sin embargo, no es posible determinar el grado de desarrollo de la conciencia a partir de la edad cronológica de un individuo. Tener 25 o 60 años no es garantía de haber logrado el desarrollo de la conciencia que esta edad supone.Tanto Wilber como Teilhard presentan el proceso evolutivo como un movimiento continuo, ascendente y envolvente que, atravesando por diversos niveles de conciencia, van de lo menos a lo más inclusivo. Wilber ubica el inicio de la evolución de la conciencia humana en el fenómeno al que se refiere como dualismo primario, es decir, el momento en el que se establece la dualidad sujeto-objeto. Desde esta óptica, la dualidad inicial constituye el primer eslabón de una larga cadena de fronteras que el individuo establece entre aquello que cree ser (auto-imagen o autoconcepto) y lo que en realidad es en esencia. Teilhard, sitúa el punto de arranque de la conciencia humana en el salto individual y súbito que, en el proceso de centro-complejidad, va del instinto a las primeras manifestaciones del pensamiento. En uno y otro caso, se observa que a partir del momento en que aparece la dualidad yo/no-yo, se inicia una nueva etapa en la que la conciencia humana se desenvuelve a través de un impulso semejante el movimiento de una espiral. Desde esta perspectiva, la Espiral de la Conciencia aborda el tema sobre la evolución de la conciencia humana no a partir del nacimiento -como suelen plantearlo las teorías evolutivas anteriores- sino de su origen primario , y plantea los diversos niveles de identidad que se experimentan a lo largo del proceso evolutivo. El tránsito de un nivel de identidad a otro, corresponde a un aprendizaje significativo que conduce a la expansión la conciencia. Las fronteras que separan las diversas esferas constituyen los límites que el propio individuo establece con respecto a su autoidentidad. Conforme la conciencia avanza en su proceso, tiene acceso a las esferas que ha integrado y trascendido. A continuación se presenta una breve descripción de las esferas o cuadrantes de este proceso. Cuadrante ArcaicoSe ubica en la fase a la que Teilhard se refiere como "centridad filética" y corresponde a la biosfera (vida). Emerge cuando los segmentos cruzan el punto crítico de centración y la cadena de segmentos se cierra sobre sí misma, su tendencia original hacia una centro complejidad más elevada le conduce del estadio monocelular a estadios policelulares que se dirigen naturalmente hacia al Omega. En estos centros la organización genera una complejidad (diversidad) sobre la cual se desarrolla su unidad. Desde la perspectiva wilberiana, la centridad filética corresponde a la vida orgánica inconsciente. El cuadrante se sitúa en la etapa pleromática que comprende la vida intrauterina y los primeros meses después del nacimiento en los que el recién nacido, aún incapaz de distinguir el yo del no-yo - el sujeto del objeto-, permanece inmerso y confundido con la totalidad universal. En otras palabras, se encuentra en una total fusión con el mundo físico, en un estado al que Wilber se refiere como inconsciente arcaico por tratarse de la forma más primitiva en la que las estructuras embrionarias más tempranas se encuentran próximas a emerger a la conciencia. El cuadrante arcaico, como primera esfera de la Espiral de la Conciencia presenta una estructura de carácter arreflexivo. En este estadio, la conciencia se despliega del entramado del campo inconsciente en el que todas las estructuras existentes en potencia se encuentran próximas a emerger a la conciencia y constituye el grado menos evolucionado debido a que ésta no ha desarrollado aún un centro psíquico diferenciado que permita al individuo ser consciente de sí mismo y del mundo que le rodea. Cuadrante biológico. Cruzar la frontera del cuadrante arcaico implica la separación de la unidad pleromática en la que la conciencia se encuentra fundida y confunidada con la totalidad, para penetrar al ámbito de la dualidad, en el que el sujeto y el objeto se separan en dos mundos distintos, el mundo del ser y el mundo del no ser. Esta etapa se caracteriza por el surgimiento de la primera sensación de identidad realmente separada del mundo que le rodea y constituye una etapa inevitable en el proceso evolutivo, se trata, ni más ni menos que del preludio de la integración futura con cuadrantes más elevados de conciencia. La esfera biológica se ubica en una edad aproximada que va de los 6 meses a los 3 años y corresponde al nivel considerado como el más simple y reducido de auto-consciencia en el que el proceso de diferenciación sujeto-objeto es aún muy primitivo. Wilber se refiere a esta fase de la vida como la etapa preegóica o urobórica que se caracteriza por constituir los primeros indicios de la conciencia egóica infantil. El yo urobórico que este autor ubica a principios de la etapa oral, se encuentra dominada por la psicología visceral a la que explica como: "la naturaleza inconsciente, la fisiología, los instintos, la percepción mesozoica y las descargas emocionales más rudimentarias" . Esto significa que de la adualidad absoluta propia del yo pleromático, en la que no existe rastro alguno de significados, se pasa al reconocimiento de que existe algo distinto afuera de sí, un mundo que no es él mismo. Entre las características más relevantes de este cuadrante se destacan: la acausalidad, la sensoriomotricidad primitiva, la euforia oceánica, el instinto primario de supervivencia, el egocentrismo en su más alta expresión, el temor primordial y los reflejos alimentarios. La conducta se encuentra motivada por las necesidades básicas fisiológicas y las afectivo-emocionales primitivas propuestas por Maslow. En esta fase, las imágenes iniciales en relación a la conciencia de sí mismo se reducen al "yo cuerpo", "yo bueno", el "yo malo" y el "no-yo". El sí mismo -ego- se identifica plenamente con el cuerpo y con los elementos, funciones y necesidades de las que se desprenden las motivaciones y los valores correspondientes a esta fase evolutiva, tales como: la sobrevivencia, el bienestar, el equilibrio y el placer. Cuadrante Psicológico.Esta fase marca el paso de lo difuso a lo reflexivo, dicho en otros términos, a la emergencia de la noosfera (pensamiento). Se trata del surgimiento, en el corazón del individuo, de un núcleo o foco autocentrado que marca el nacimiento de la conciencia humana que, en su evolución, atraviesa por una serie de etapas progresivas y subsecuentes. El cuadrante psicológico de la conciencia, que hace su aparición aproximadamente a los cuatro años de edad, se rige por el principio de realidad. La conciencia individual se expande hacia una visión más amplia de la realidad circundante. Esta expansión de la conciencia permite al individuo percibir la influencia que el medio ambiente ejerce en su vida y darse cuenta de la fuerza externa que rige sus acciones más en consonancia con ésta que con sus propias necesidades y deseos, mismos que aprende a relegar o, en el peor de los casos, a reprimir con la finalidad de ser aceptado y amado. Desde la perspectiva teilhardiana el proceso de individuación propio de esta fase, constituye el primer eslabón de la cadena evolutiva de la conciencia individual, a la que el enfoque humanista define como: la propiedad o facultad del espíritu humano a través de la cual el individuo es capaz de reconocerse a sí mismo en sus atributos esenciales, propiedades, experiencias y características personales, así como en todas aquellas transformaciones que experimenta. Así contemplada, la conciencia se desdobla en tres sentidos: (a) el pre-reflexivo o conciencia empírica de sí mismo, (b) el reflexivo que corresponde a la cogitación que el sujeto lleva a cabo sobre su propio yo ( self o sí mismo) y sobre los modos particulares a través de los cuales se pone en relación con los objetos y (c) el intencional en el que se lleva a cabo la relación del yo con los objetos a los cuales se refiere. A través de ésta, el sujeto aprehende o capta los objetos haciéndolos suyos de un modo singular. Entre las características que el enfoque humanista propone como propias de la conciencia individual se encuentran: la selectividad, la habituación, la tendencia a completar figuras que percibe, la ubicación en un tiempo lineal que transcurre secuencialmente y la finitud. El cuadrante psicológico, que corresponde a la etapa de diferenciación-individuación y se caracteriza por el surgimiento de la primera sensación de identidad realmente separada del mundo que rodea al individuo, constituyéndose como un estadio inevitable en el proceso evolutivo por tratarse, ni más ni menos, que del preludio de la integración futura con esferas o cuadrantes más elevados de conciencia, marca el inicio del camino hacia la humanización. Cuadrante Personal.En esta fase la acción de la reflexión se ubica en el punto más elevado de centro-complejidad-conciencia que alcanza la cosmogénesis en su proceso evolutivo. La conciencia de sí mismo permite trascender la etapa de individuación teilhardiana, a la que Wilber se refiere como aquella en que se da el nacimiento del yo conceptual, para llegar a una fase más amplia en la que emergen las primeras señales de la socialización y que se caracteriza por una intencionalidad social-colectiva en la que la conciencia individual inicia el camino de ir más allá de los confines egóicos, para ingresar al ámbito de lo social Teilhard considera que si bien el paso de la conciencia individual a la personal es un proceso natural, éste requiere que el individuo opte libremente por lo personal, opción que implica: (a) el despertar existencial, (b) el descubrimiento del significado y sentido de su existencia, (c) la aceptación de su finitud, (d) el reconocimiento de los valores morales y (e) la consciencia ( awareness ), es decir, el darse cuenta de que su dirección y meta es evolucionar en función de una corriente cósmica. Asimismo, postula que el hombre no alcanza la personalización si no es a través de la opción por ser con y para los demás. El cuadrante personal de la conciencia implica el desapego del impulso o inclinación natural hacia el colocarse como punto culminante del universo y la tendencia egocentrista que conduce a confundir el individualismo con el personalismo, así como de la búsqueda de una individualidad separada, que lleva consigo la disminución y la pérdida del sí mismo. La diferencia más importante que existe entre el nivel individual (autocéntrico) y el nivel personal (alterocéntrico) de la conciencia es que el primero marca una distancia significativa entre el individuo y la humanidad en su conjunto, se concibe a sí misma como un centro distinto a los otros centros que le rodean y, el segundo, se caracteriza por el descubrimiento de la comunión y del amor que exalta la originalidad y acrecienta el valor de la persona. A este respecto Teilhard postula que el colmo de la originalidad del hombre no es su individualidad, sino su persona y ésta no puede universalizarse si no es a través de la ultrapersonalización, que no es más que ascender a un plano mucho muy superior al de la experiencia humana actual. Desde la óptica humanista-transpersonal, al completarse la fase evolutiva de humanización en la que se ha realizado tanto la cristalización de un yo existencial auténtico, como el desapego del individualismo y el egocentrismo, se integran y trascienden las dimensiones biológica, psicológica y social de la naturaleza humana abriendo el horizonte hacia una etapa en la que la conciencia se encuentra más centrada, más ordenada, más compleja y, por ende, más consciente. Cuadrante Organísmico-Social. La trascendencia de los reinos egóicos abre los confines de la conciencia hacia la personalización que se realiza por medio de la compenetración con todos los otros centros personales, en un proceso de unanimización consciente de superación y realización de la persona humana bajo la atracción y el influjo del Omega. En esta fase, la conciencia humana se reconoce como una unidad armónica bio-psico-social que implica, en palabras de Teilhard, "el proceso de interiorización progresiva en el corazón de cada individuo" y se caracteriza por la unión entre lo individual y lo colectivo y el perfeccionamiento mutuo a través de un proceso continuo y convergente que transforma la conciencia individual en "un centro espiritual de reflexión, de libertad y de amor, que emerge en el umbral definido de la evolución" . Esta nueva etapa de desarrollo lleva consigo la emergencia y el desarrollo de las fuerzas sociales, así como la apertura necesaria para el establecimiento de relaciones universales y la tendencia hacia la ultrapersonalización en la que las fronteras anteriores se trascienden. La reflexión conduce al individuo a percatarse de como su centro de gravedad se va orientando hacia un núcleo más amplio y a experimentar la atracción hacia un sistema social definido que le atribuye una función especial dentro del grupo. Es en esta fase de creciente unificación las conciencias individuales convergen en un todo orgánico y psíquico que tiende hacia la unanimización humana. Desde esta perspectiva puede decirse que, cuando el ser humano individual trasciende el nivel personal de la conciencia, el progreso continúa definiendose en términos de colectividad que tiende hacia el Centro personal de convergencia en el que el universo se refleja y en el que se resuelve el misterio de lo uno y de lo múltiple. De acuerdo a Teilhard, este misterio consiste en que esta convergencia de los granos de conciencia no implica la unión-fusión de todas las conciencias sino que se trata de una unión-diferencia, en la que las conciencias no se pierden sino que continúan existiendo como inidivudalidades múltiples en una síntesis de centros que alcanzan en el Todo su máximo desenvolvimiento. Este cuadrante se caracteriza por una intencionalidad social, colectiva, a partir de la cual la conciencia se reconoce como parte y partícipe de la comunidad humana entera. Faculta a la conciencia para lograr una visión lógica y global a través de la dialéctica, de la síntesis y del pensamiento creativo y se refiere tanto a la cristalización de un sí mismo unanimizado que sitúa a la conciencia en la antesala del cuadrante transpersonal. En este proceso, la conciencia se ve impulsada por una energía, cuya manifestación característica es el amor fraterno. Cuadrante Transpersonal. El cuadrante transpersonal se ubica en la etapa de ultrapersonalización y se rige por el principio de la comunión (común unión) y del amor trascendente. Se constituye como la residencia de los valores universales, de las aspiraciones más elevadas y de las causas más nobles, precisamente porque es la dimensión que penetra en los dominios espirituales de la naturaleza humana. Cuando el desarrollo de las fuerzas sociales convergen en un todo orgánico y psíquico, la conciencia se ve impulsada por la energía espiritual cuya manifestación más intensa y pura es el Amor que le conduce hacia la convergencia planetaria. Partiendo de la tesis de que la unión personaliza, Teilhard sostiene que el papel de las fuerzas del amor cobran, en esta etapa, una importancia vital, ya que éste es el vínculo por excelencia que reúne a las conciencias por el centro de sí mismas. Desde la perspectiva wilberiana, esta etapa constituye el puente entre la realidad cotidiana ordinaria y la unión mística de la materia, la vida, la cultura y la moral. En este nuevo horizonte de la conciencia, ya no existe la distinción entre planos distintos tales como el físico, el psicológico, el social, el colectivo, o el moral sino que todas las cosas son "... supremamente físicas, supremamente naturales, supremamente orgánicas, supremamente vitales, en la medida en que cooperan a la construcción y al cierre del cono tempóreo-espacial por encima de nosotros." Desde la perspectiva teilhardiana, el amor realiza el milagro de ultrahumanizar al ser humano y sólo él, "en el transcurso de una fase todavía más decisiva, puede abrirle el acceso al punto Omega" . Wilber plantea que la trascendencia de la unión con el mundo natural y de los reinos sutiles, conduce a la unión más profunda con la Deidad, a la que este autor ubica en los reinos causales. Esta fase la conciencia despierta al centro superior que se encuentra al término de su evolución: el Omega. Teilhard se refiere a este como centro de reunión, conciencia espiritual-cósmica a la que la conciencia puede acceder en la medida en que impulse y concilie al máximo todas las fuerzas disponibles de unanimización. Desde la perspectiva wilberiana, el Omega constituye el puro Yo como puro Espíritu, la Deidad. A pesar de los diferentes contextos y escenarios disciplinares e ideológicos de los que parten tanto Wilber como Teilhard, ambos coinciden en que se trata de un Centro Cósmico, un Polo superior de humanización y personalización que actúa como el imán que atrae a todos los holones, desde los más simples hasta los más complejos, constituyéndose, como ya se ha mencionado, en el Omega de todos los omegas, el Final de todos los finales, la desaparición de la desunión y de la dualidad, la unión con lo Absoluto. Conclusión Así contemplado el proceso evolutivo, la aparición del hombre sobre la tierra permite que la evolución siga su proceso cósmico. Gracias a éste, la ascensión de la conciencia -movida por el amor-, continúa más allá de sí mismo hacia una síntesis ultrahumana. En las esferas de lo pre-viviente, el amor no existe sino que se manifiesta en una forma pre-reflexiva o instintiva, esta forma evoluciona con la emergencia de la reflexión que transforma el amor al humanizarlo. La unión personaliza en la medida en que este acercamiento de centro a centro surge espontáneamente por el amor. El amor, afirma Teilhard, realiza el milagro de sobrehumanizar al ser humano y sólo él, "... en el transcurso de una fase todavía más decisiva, puede abrirle el acceso al punto Omega" . Desde la perspectiva humanista transpersonal, la Espiral de la Conciencia alcanza su plena realización al despertar a la Conciencia Trascendente cuya manifestación más intensa y pura es el Amor, por ser éste el que constituye la substancia misma de la unión creadora y el signo palpable de la convergencia del universo, así como la forma más sublime de la energía humana en la que la noosfera manifiesta un estado general y nuevo en la que el amor no solamente reúne las dimensiones psicológicas del mundo, sino que va más allá al cobrar conciencia de un Omega en el que la Teosfera hace su aparición. Teilhard afirma que, así como no existe más que una única Materia creada para sostener el crecimiento sucesivo de la Conciencia en el Cosmos, no existe sino "... un sólo sentimiento fundamental en la base de todas las místicas, a saber: El amor innato de la persona humana, extendido a todo el Universo " . El pensamiento de Teilhard y de Wilber, compañeros en este apasionante recorrido por los nuevos horizontes de la conciencia, me ha llevado comprender la existencia de dos universos: uno dentro y otro fuera de nuestra piel. Dos mundos que conforman un sólo cuerpo, una totalidad indivisible en la cual todos los filamentos que conforman la trama cósmica se reúnen por y en el Amor. Cuando la piel, delicada frontera que nos separa del Omega se diluye, la luz penetra por cada uno de sus poros permeando el cuerpo, la mente y el espíritu. Así, la conciencia trasciende los espacios estrechos y se va más allá, a lo infinito, lugar en que los opuestos se conjugan. La conciencia se expande al extender las alas, el organismo vivo toca con sus plantas la firmeza del suelo y vibra ante la inmensidad del cosmos en un impulso poderoso que fluye como el torrente a reunirse en el rítmico océano de lo eterno. La dualidad desaparece, los polos se unen en el misterio del encuentro, en el milagro de la unidad en la multiplicidad. Microcosmos que enlazados en una malla conformada por miríadas de combinaciones expresan, manifiestan y experimentan lo sutil de la esencia. Vidas que se encuentran conectadas a la origen de la luz, al origen de la paz, a la fuente del amor eterno, energía luminosa del Espíritu, vibración vital, misterio de Amor que se devana entretejiendo hebras doradas en la rueca del alma iluminando el camino del encuentro. Referencias Bibliográficas.*Cuenot, C. (1970). Nuevo Léxico de Teilhard de Chardin. Madrid: Taurus. *Freire, P., Fiori, H. y Fiori, J.L. (1973). Educación liberadora. Madrid: Zero. *González Garza, A.M. (2001). Caminos de trascendencia. En prensa. *González Garza, A.M. (1995). De la Sombra a la Luz. México: Editorial Jus. *Jung, C.G. (1972). The portable Jung. en Campbell, J., (Ed). Nueva York: Viking. *Loevinger, J. (1976). Ego development. 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