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Como el feminismo me hizo un hombre. |
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jueves, 18 de septiembre de 2003 |
Patrick D. Hopkins
Las familias cristianas tienden a estar entrenadas o educadas en una perspectiva muy conservadora en relación al género. La noción de familia depende casi exclusivamente en la perspectiva “divina” de la diferencia sexual y de la noción de los roles de género derivados de la biblia y las sagradas escrituras. La biblia enseña que los hombres y las mujeres están destinados a diferentes roles en lo social, en lo espiritual y en la vida familiar. También enseña que hay diferencias psicológias entre los hombres y las mujeres...Sigue---
“Fuimos enseñados que las mujeres son más emocionales, más verbales, más inseguras, más necesitadas de amor, de atención, más interesadas en su apariencia física, más interesadas en la familia y en el éxito individual, maternales por naturaleza, menos lógicas, menos sexuales, menos agresivas, con menos capacidad para liderear y en general personas en las que su autoestima esta en constante dependencia de “los otros”. A los hombres nos enseñaron que éramos más individualistas, más agresivos, más independientes, con más necesidad de una estructura social, con más capacidad para ser líderes, más racionales y menos en control de nuestra sexualidad, menos interesados en nuestra apariencia física, naturalmente menos paternales, menos emocionales, menos adaptados socialmente, y en general que éramos personas que nuestra autoestima estaba determinada por nuestro éxito social y nuestra capacidad de ser líderes.
Las mujeres casadas debían plegarse ante la autoridad de su marido reconociéndolo como la única autoridad posible. Esto les daría el placer de saber que plegarse a la autoridad de su marido era una gran acto de obediencia hacia Dios”.
“Yo fracasé en mi rol masculino pues rechacé mis obligaciones como hombre, como eventual cabeza de familia, líder espiritual y protector de mi mujer y mis hijos. Estaba, de hecho, renunciando a mis obligaciones masculinas, mis responsabilidades “natas”. Resistiendo a mis obligaciones espirituales como hombre, sumado a un complejo conjunto de conductas y actitudes que yo ya tenía, nunca fui suficientemente hombre para muchos de los estándares de ese tiempo –y nunca me importó mucho, yo nunca cupe en el estereotipo ideal y sobre valorado de masculinidad-. Prefería el piano al fut ball, el drama al basquet ball, escribir pequeñas historias y cuentos en vez de arreglar motores. Pareciera que la masculinidad no es algo que venga naturalmente a los hombres, así como tampoco la feminidad a las mujeres. Lo que nos falta a los hombres es una reflexión profunda de nuestra propia historia”.
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