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Inspiración

"Los hombres geniales despiertan la admiración, los hombres adinerados la envidia; los poderosos causan temor pero sólo los hombres rectos inspiran confianza."

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domingo, 14 de diciembre de 2003
Humanidad: en estos días en que conmemoráis el nacimiento de Jesús, es cuando dejáis llegar la paz a vuestro corazón y cuando parecéis una familia unida y feliz. Sé que no todos los corazones sienten una alegría sincera al recordar mi llegada al mundo en aquel tiempo, muy pocos son los que se entregan a la meditación y al recogimiento, dejando que la alegría sea interior y que la fiesta de recordación sea en el espíritu. Hoy, como en todos los tiempos, los hombres han hecho de las conmemoraciones, fiestas profanas y pretextos para buscar placeres de los sentidos, muy alejados de lo que deben ser los goces del espíritu. Si los hombres tomasen este día para consagrarlo al espíritu, meditando en el amor divino, del que fue prueba absoluta el hecho de hacerme hombre para vivir con vosotros, de cierto os digo que vuestra fe brillaría en lo más alto de vuestro ser y sería la estrella que os señalara el camino que conduce a Mí, vuestro espíritu quedaría de tal manera saturado de bondad, que a vuestro paso iríais desbordando caridad, consuelo y ternura en los necesitados.

Ninguno piense que vengo a borrar de vuestro corazón la fiesta más pura que celebráis en el año, cuando conmemoráis la Natividad de Jesús. Sólo vengo a enseñaros a dar al mundo lo del mundo y al espíritu lo del espíritu, porque si tantas fiestas tenéis para celebrar hechos humanos, ¿por qué no le dejáis esta fiesta al espíritu, para que él, convertido en niño, se acerque a ofrecerme su presente de amor, para que adquiera la sencillez de los pastores para adorarme y la humildad de los sabios para inclinar su cerviz y presentar su ciencia ante el dueño de la Sabiduría Verdadera?

No vengo a contener la alegría que en estos días envuelve la vida de los hombres. No es tan solo la fuerza de una tradición; es que mi caridad os toca, mi luz os ilumina, mi amor como un manto, os cubre. Entonces sentís el corazón lleno de esperanza, de alegría, de ternura, de necesidad de dar algo, de vivir y amar, sólo que esos sentimientos y esas inspiraciones no siempre los dejáis expresar con su verdadera elevación y pureza, porque aquella alegría la desbordáis en placeres del mundo, sin dejar que el espíritu, que fue por quien vino el Redentor al mundo, viva ese instante, penetre en esa luz, se purifique y se salve, porque aquel Divino Amor, que se hizo hombre, está presente eternamente en el camino de cada ser humano, para que en él encuentre la vida.

¡Alegraos, oh humanidad, al menos por esa noche, ya que no sabéis retener por siempre esa paz! Alegraos con la sana alegría del corazón que es ternura y retorno a la bondad. Aquella noche marcó el momento en que nació el hombre en quien vino a encarnarse el Verbo, pero mi Espíritu estuvo tan cerca de los hombres, como lo estuvo antes y como lo está ahora. Noche Buena llamáis a esa noche, los que recordáis cuando Jesús llegó al mundo. Bajo el influjo de ese recuerdo, los seres se acercan, se evoca al ausente, se perdonan las ofensas, se reunen las familias, se visitan los amigos y se inunda de paz el corazón.

Quiero que la humanidad sienta mi presencia espiritual, deseo que la niñez se regocije en Mí, que la juventud se detenga un instante a recordar al que se hizo hombre por amor a la humanidad y que los ancianos que recuerdan los días felices de su niñez, sientan en su espíritu mi paz. Quiero estar con vosotros, tan cerca de vuestro corazón, que sintáis verdaderamente mi presencia. Quiero que vosotros y Yo seamos uno en la armonía y ternura de esta noche; que tengáis presente que Yo Soy vuestra luz primera, la promesa divina, el Maestro incansable que trabaja para hacer de vosotros espíritus perfectos, dignos hijos de Dios.

Orad todos, orad por los pobres, por los tristes, por los cautivos, por los enfermos, por los huérfanos; orad, para que vuestros pensamientos vayan a ungir al que sufre, a alentar al triste y a enjugar las lágrimas del que llora. No hay uno de vosotros, por duro que sea vuestro corazón, que en estos instantes no se dulcifique; mas os digo también que para poder pensar en los demás, es menester olvidarse de sí mismo; entonces sí, ellos, vosotros y Yo, seremos UNO en esta hora de comunión espiritual.

Además de vosotros, ¿sabéis quién ha escuchado con ternura mi palabra y ha sentido vibrar de amor su Espíritu? María, el Espíritu Materno que habita en el seno del Creador y cuya esencia estará siempre unida al recuerdo de Jesús. Su paso por el mundo, aunque más largo que el mío, porque llegó antes y se fue después, fue corto; sus palabras breves y dulces fueron una caricia celestial.

En este día en que los hombres conmemoran aquel amanecer en que el Mesías niño iniciaba su jornada sobre la Tierra, quiero que toda la humanidad sienta mi presencia espiritual. Quiero que la niñez se regocije en Mí, que la juventud se detenga un instante a recordar al que se hizo hombre por amor para salvaros, y que los ancianos que derraman sus lágrimas meditando en estas enseñanzas y rememorando los días felices de su niñez, sientan en su corazón mi paz.

Alegrías y tristezas tendrán que mezclarse recordando el maternal regazo que os meciera, el amor y las caricias de vuestros padres, la dichosa, pero fugaz infancia y luego todo lo que habéis ido perdiendo en el mundo: padres, niñez, alegrías, inocencia. Tendréis que recordar cómo se han enfriado muchos corazones para amarme y amar en el mundo a los suyos. Me decís: Es la noche en que recordamos cada año aquella en que llegasteis a nuestro mundo para traernos un mensaje de amor, y Yo os respondo, que aquélla hora marcó el momento en que nació el hombre en quien vino a encarnarse el "Verbo", pero que mi Espíritu tan cerca estuvo entonces de los hombres, como lo estuvo antes y como está ahora.

¡Ah, si pudieseis venir conmigo en espíritu y contemplar desde aquí toda la miseria de la humanidad! Si los poderosos, los ricos y los que viven rodeados de comodidades quisiesen estar conmigo esta noche, Yo les llevaría en espíritu a los lugares de dolor y de pobreza que ellos no quieren ver. Entonces les diría: Dejad por un momento vuestra fiesta y recorramos juntos los sitios donde viven vuestros hermanos los pobres, veamos cómo viven ellos esta noche bendita de tristezas para unos y de festines para otros.

Yo haría que esos hombres escuchasen las interrogaciones tan profundas de los niños, que en su inocencia humana se preguntan el porqué de tanta injusticia, de tanto odio, egoísmo, y crueldad. Luego les llevaría hasta aquellos lugares, donde se ahogan los ayes y lamentos del enfermo, del que ha visto doblarse su cuerpo, como se quiebra una rama cuando azota el huracán; son los enfermos, los vencidos, los olvidados. Más tarde haría que las puertas de las cárceles nos dieran paso, para que contemplaran los millares de seres que han caído en las tinieblas del cautiverio por falta de amor, de caridad, de luz, de justicia, de paz. Y así, de sitio en sitio, les presentaría en un solo cuadro toda la miseria y el dolor que han producido las ambiciones, la codicia, el odio, el materialismo y la sed insaciable de poder de los envanecidos que creyéndose poderosos, no lo son, ni dejan poseer a nadie lo que a cada quien en justicia le corresponde.

Pero no les llamo, porque sé que, aunque en su conciencia se escucha mi voz, se hacen sordos a ella. Mas vos, que me estáis escuchando, que sabéis de privaciones, de soledad, de frío y de orfandad también, y que por lo tanto vibráis junto con esa humanidad que llora su hambre y sed de justicia, venid a Mí, y juntos visitemos en espíritu a los enfermos, a los tristes, a todos los pobres y olvidados del mundo. Venid, para que veáis cómo extiendo mi manto y lo uno al vuestro para cubrir amorosamente a toda la humanidad; venid para que escuchéis mi voz espiritual diciendo a los que lloran: No lloréis más, no estéis tristes, despertad a la fe y a la esperanza que son luz en el sendero de la vida; de cierto os digo que si volvéis a orar y a velar con fe verdadera, los días de dolor para la humanidad serán acortados.

Ésta es la conmemoración más tierna de cuantas hacéis de vuestro Maestro; el corazón de los niños rebosa de júbilo y el de los mayores se inunda de paz y de esperanza en el Salvador. Vosotros, los que tenéis la gracia de escuchar esta palabra, sois de los pocos que conmemoráis esta fiesta sin ritos, celebrándola en lo más puro del corazón. Así no podréis caer en profanación. Es que a vuestro entendimiento ha llegado la comprensión de que la mejor conmemoración, la más agradable ante el Señor, es la que hacéis cuando aplicáis a vuestra vida los ejemplos del Maestro, cuando vivís su Doctrina.

Si os estrecháis con amor de hermanos y derramáis vuestra ternura en la niñez que os confío, sentiréis el amor perfecto que os envía vuestro Padre. Abro mi arcano y de él tomo aquello que ha de ser luz y paz en la humanidad. Quisiera que todos sintieran mi presencia. Si al menos en estos días de recordación los hombres supieran sensibilizar y espiritualizar su corazón, podrían encontrarme en cualquier sitio, en el camino de cada criatura, en los hogares, en los lugares donde hay dolor, pero aún debo esperar, no todos saben sentirme en su corazón; sin embargo, dejo en el sendero de cada uno de mis hijos un presente de amor.

Llega hasta Mí el gozo espiritual con que recordáis en estos días la noche bendita en que el Verbo se hizo hombre para habitar entre vosotros. Mas Yo os pregunto, Humanidad: ¿Creéis que sólo esta noche sea digna de llamarse Buena? ¿No podréis con un poco de amor, hacer buenas todas las noches y los días de vuestra existencia, con el fin de que vieseis que toda la vida, sin excepción de un instante es buena?

¡Mi Paz sea con vosotros!
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