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Desde muy pequeño, Don Jacinto resintió una curiosidad irrefrenable por lo mágico y también por las plantas medicinales. Hoy, podemos decir que su destino comenzó durante las fiestas y los novenarios del pueblo. Sucedió mientras todos los señores se emborrachaban, sus mujeres bailaban jarana entre ellas y los hijos corrían gritando por los patios, saltando las albarradas y molestando a los puercos.
DON JACINTO
Desde muy pequeño, Don Jacinto resintió una curiosidad irrefrenable por lo mágico y también por las plantas medicinales. Hoy, podemos decir que su destino comenzó durante las fiestas y los novenarios del pueblo. Sucedió mientras todos los señores se emborrachaban, sus mujeres bailaban jarana entre ellas y los hijos corrían gritando por los patios, saltando las albarradas y molestando a los puercos.
Sin embargo, el pequeño Jacinto se preocupaba más ayudar a su padre, quien por ser socio del gremio católico, era el encargado de realizar las puestas del altar. Conocido experto en preparar los ingredientes sagrados y mágicos, realizaba además las mariposas de papel de china, los ángeles y los pajaritos de parafina,
Primero fue por devoción, pero después ya por conocimiento, que dedicaba la mayor parte de su tiempo a preparar los ingredientes del altar para la siguiente ceremonia, cuidando todos los detalles, según se los había enseñado su padre. Lo ayudaba así en los adornos para cada templo, de la región y casi siempre resultaban requeridos para preparar las fiestas y las peregrinaciones de los santos patronos.
El viejo yerbatero de la región y muy respetado Don Feliciano Caamal, H´Men de Umán, fue quien lo escogió diciéndoles: " Este niño fue destinado desde antes de nacer, porque ya traía sus ojos abiertos, como sucede a los curanderos ", decidió entonces adoptarlo como ayudante, para realizar “las limpias”. Aún como aprendiz, ya sabía distinguir el aroma de las hierbas, sus beneficios en la curación y cuáles eran los requeridas por su maestro para cada ceremonia, además de estar siempre atento al fuego, cuidando “ los sahumerios” de Don Feliciano,
Así fue aprendiendo poco a poco, conociendo de los rezos mágicos para conjurar a los guardianes del cielo, también las fórmulas secretas para llamar a los dueños del monte y las invocaciones para los señores balames y los zipis, quienes se encargan de proteger a los humildes servidores milperos, asegurándoles un buen año de siembras y cosechas, pero sobre todo, guardándolos de no caer en terribles enfermedades.
Apenas rebasaba los trece años, cuando Jacinto debió afrontar su primera prueba, para saber si era un digno heredero de la casta sacerdotal. El asunto se dio porque una chan chu’pal, es decir una niñita de tan sólo 3 años, había desaparecido de la milpa y nadie daba razón de dónde encontrarla, acudieron al aprendiz para tratar de solucionar el caso. ¿Estaba muerta?, ¿Regresaría?. ¿ Donde estaba?, le preguntaban ansiosos.
Cierta madrugada. el joven Jacinto regresaba a su choza, cansado de tanta búsqueda inútil, cuando tuvo por vez primera una visión. Escuchó que alguien le llamaba, atisbando en la oscuridad, descubrió a dos niños pequeños, vestidos con traje de labor para el campo, quienes sonriendo con malicia le dijeron:
-Hey Jacinto, Jacinto, ¿tienes un cigarrito?.
-¿ Y quienes son ustedes ?, no me parecen del pueblo. – contestó mientras trataba de identificar a los pequeños visitantes.
-Somos los enviados de los señores del monte y te traemos un mensaje-
-Un mensaje, ¿ que tipo de mensaje ?
-Primero, danos el cigarrito
Jacinto accedió, acudiendo a su ofrenda, donde guardaba varios, fabricados de tabaco y maíz, que su maestro le recomendaba para halagar a los señores del monte.
-Queremos decirte adonde está la chán chu´pal -. Dijo uno de los dos visitantes, en tanto aspiraba con placer el humo del chimal.
-Pero si llevamos horas buscándola, ya sé ¡ ustedes se la llevaron!.
-En el camino para Akanceh, la encuentras, junto a la cueva del Balam – le dijeron, unos segundos antes de saltar por la albarrada y desparecer en la espesura del monte.
Sin perder mas tiempo, Jacinto avisó a los padres de la niña, armaron una batida y caminaron hacia la cueva del Balam. Ahí en las fauces del viejo jaguar de piedra, la hallaron sana y salva.